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jueves, 12 de mayo de 2016

PRELUDIO PARA CABRAL 4: "Mi héroe personal será siempre la señora Eva Perón"



PRELUDIO PARA CABRAL 4: "Mi héroe personal será siempre la señora Eva Perón"

Los jesuitas son los grandes amantes del conocimiento.

Comencé a tener noticias de Quevedo a los 15 años, de Góngora…

Puro Siglo de Oro español. De Horacio, de Homero, de Heráclito, de Plotino, y de los libros de arte. Nos divertíamos, por ejemplo, con Magritte, con Chagall, que con los años fue un gran amigo en París, en los años 70. Gran amigo, incluso hasta tengo obras de él.

Pero así deberían ser todas las cárceles del mundo.

Sí, si hay un jesuita en una cárcel, estás salvado. A los 17, cuando me faltaba un año, me escapé. Él me ayudó. Me dijo: “Ya tienes que pensar con la cabeza para poder sobrevivir”. Y ahí me encontré con un vagabundo que me dijo: “Oye, ven aquí, imbécil, te veo pasar todas las noches como un miserable ¿no te dijeron que sos príncipe?”. “¿Cómo príncipe?”, le dije. “Ah ¿no sabías eso? ¿No sabías que sos príncipe?”. Y me dice señalando el cielo: “¿Cómo le llamas al hijo del Rey?”. Y acá estoy. Canté de pura alegría.

¿Cómo descubriste que eras cantante? ¿Cómo asumiste la música como forma de vida?

Por Jesús. No soy ni un pastor ni mucho menos, ya pastor hubo uno grandioso. Tampoco pertenezco a una iglesia, soy un librepensador y un libresentidor, y más con las religiones, pero a mí me salvó Jesús, porque conocí El Sermón de la Montaña esa noche cuando el vagabundo me dijo que era príncipe. Cuando estuve en la cárcel el padre jesuita nunca me permitió meterme en la Biblia. Decía: “Vos sos muy chiquito y tenés mucho odio todavía para entrar en esa hoguera. Eso es para hombres. Hay que esperar”.

La Biblia.

Sí, claro. Ese señor, un viejo vagabundo genial, me dijo entonces: “¿Vos sabes escribir? Saca el cuaderno ahí. Primera lección. Escribí ahí mira las aves del cielo...” Y me dicta El Sermón de la Montaña. Luego me dijo: “¿Sabes qué te acabo de dar? Un programa de vida”. Y ese fue mi programa de vida. Yo estaba tan contento que lo contaba por los campos: ¡Carajo, somos príncipes! Había gente que creía que sólo era un González, un esposo, sólo argentino, sólo pobre o sólo rico. Así me fue llevando la gente y un día, a los 22 años, estaba arriba de un escenario y no bajé más.

Facundo Cabral es uno de los mejores emblemas de lo que fueron los años 60, la época en que todos creyeron posible cambiar al mundo. Fueron los tiempos de los Beatles, de la cultura hippie, el lema universal de “Paz y Amor”, la Revolución Cubana. De todo eso quedó el reflejo de un momento estelar de la humanidad.

Sí, cómo no. Pero resulta que el mundo no cambió. La primera religión sigue siendo el dinero y la pobreza parece una epidemia sin remedio. ¿Por qué fracasó el gran sueño? ¿Te sientes derrotado en ese sentido?

No. Yo quise cambiar al mundo y me pasó lo mismo que le pasó a la gente; no Cabral, a gente importante de verdad, a Borges: (Imita perfectamente la voz de Borges) “Quise retratar al mundo. Yo quise, yo pensé que podía retratar al mundo a través de la palabra y ahora debo reconocer que no sé, a lo sumo he esbozado un autorretrato débil y tembloroso”. Yo quise cambiar el mundo, pero el mundo me cambió a mí. Si hubiese un jesuita en cada lugar, no habría fracasado nunca la revolución. De hecho está vigente, lo que pasa es que por el momento el dinero hace más ruido.

Pero el dinero tiene rato haciendo bastante ruido.

Sí, cómo no.

Gustave Flaubert decía que la humanidad es como es, no se trata de cambiarla, sino de conocerla. ¿Qué opinas de eso?

Krishnamurti me decía eso. Yo fui muy amigo de Krishnamurti. Lo conocí en el 74. Decía que la vida no es como debería ser, la vida es como es. Yo creo que debe ser como a mí me conviene y lo que a mí me conviene es que entienda que lo que sea es lo que está escrito. Cualquiera diría que eso es fatalismo. Sí, yo creo que este encuentro estaba escrito. Yo creo que vengo solo acá, a un lugar del aeropuerto contigo, y te escucho decir esas cosas mías tan claras porque uno es eso. Pero cuando lo vi de esa manera, cuando me di cuenta que era lo que tenía que ser, sentí una gran tranquilidad. De cualquier manera, trato de ver la forma de llegar por el camino más correcto y más compartido a un cierre de vida, para eso existe el libre albedrío. Un día le pregunté a Krishnamurti: “¿Hasta cuándo voy a caminar, maestro?”. Y me dijo: “Hasta que te metas en tus propias botas”. Hace un tiempo que sentí que por fin me metí en mis botas. Hice lo posible. Después, leyendo con detenimiento los discursos de Jesús, él dice: “Muchos eran los llamados, pocos los elegidos”. Me da la impresión de que hay mucha gente que no se quiere dar cuenta que tiene todas las posibilidades de vivir mucho mejor, más allá de cualquier sistema político. La política es el arte de dividir, entonces si pierde una mitad perdemos todos... (Continúa)


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