Christopher Reeve abrió los ojos y comprendió que probablemente nunca volvería a mover su cuerpo.
Entonces miró a su esposa y le planteó la posibilidad de morir.
Dana Reeve lloró.
Le dijo que la decisión pertenecía a él y que permanecería a su lado cualquiera que fuera su elección.
Después añadió unas palabras que Christopher recordaría durante el resto de su vida:
“Sigues siendo tú. Y te amo”.
Era mayo de 1995.
Días antes, Reeve había sido un hombre extremadamente activo. Esquiaba, navegaba, volaba aviones y competía a caballo.
El 27 de mayo participaba en una prueba ecuestre en Culpeper, Virginia, cuando su caballo se detuvo bruscamente ante un obstáculo.
Christopher salió despedido hacia delante.
Cayó de cabeza.
El impacto fracturó las primeras vértebras cervicales y dañó gravemente su médula espinal.
Tenía 42 años.
Su hijo Will tenía tres.
Cuando comenzó a recuperar la conciencia en el hospital, Reeve comprendió poco a poco lo que había ocurrido.
No podía mover brazos ni piernas.
Dependía de un respirador para respirar.
En su mente aparecieron inmediatamente todas las cosas que creía haber perdido.
No podría volver a esquiar.
Ni navegar.
Ni lanzar una pelota con su hijo.
Pensó también en Dana y en la vida que ahora tendría que vivir junto a él.
Por eso le sugirió que quizá debían dejarlo ir.
La respuesta de Dana cambió algo.
No le prometió que volvería a caminar.
No fingió que todo estaría bien.
Le recordó que el accidente había cambiado su cuerpo, pero no había eliminado a la persona con la que se había casado.
Christopher explicaría años después que aquellas palabras le hicieron comprender que, si su matrimonio y su familia seguían intactos, todavía quedaba un mundo al que regresar.
La recuperación fue brutal.
Pasó meses en rehabilitación aprendiendo a vivir con una lesión que había transformado incluso acciones elementales en operaciones complejas.
Cinco días después del accidente recibió una visita inesperada.
Un hombre entró en su habitación vestido como médico, hablando con un exagerado acento ruso y anunciando que debía realizarle un examen rectal.
Era Robin Williams.
Habían sido compañeros en Juilliard.
Reeve comenzó a reír.
Más tarde diría que aquel fue uno de los primeros momentos en los que pensó que quizá todo podía seguir adelante.
Y siguió.
Menos de un año después del accidente, Christopher apareció por sorpresa en la ceremonia de los Óscar de 1996.
El público se puso de pie.
Desde su silla de ruedas habló sobre el poder del cine para abordar problemas humanos y sociales.
Pero su nueva vida no quedó reducida a apariciones públicas.
Reeve comenzó a utilizar su fama para impulsar la investigación sobre lesiones medulares, defender mejores condiciones para personas con discapacidad y cuestionar los límites de las coberturas médicas para enfermedades y lesiones catastróficas.
En 1996 creó una fundación dedicada a financiar investigación y mejorar la calidad de vida de personas con parálisis.
Tres años después se fusionó con la American Paralysis Association.
Dana permaneció junto a él durante todo aquel proceso.
También continuó siendo actriz y cantante, pero su vida quedó inevitablemente ligada a la misma causa.
Christopher murió el 10 de octubre de 2004, a los 52 años, después de sufrir un paro cardíaco relacionado con graves complicaciones médicas.
Dana asumió entonces un papel todavía mayor dentro de la fundación.
Diez meses después recibió otra noticia.
Tenía cáncer de pulmón.
Nunca había fumado.
Murió el 6 de marzo de 2006.
Tenía 44 años.
Will tenía trece.
Con el tiempo, la organización terminaría llevando los nombres de ambos:
Christopher & Dana Reeve Foundation.
La caída de 1995 había necesitado apenas unos segundos para dividir la vida de Christopher Reeve en dos.
En el hospital llegó a creer que la persona que había sido había desaparecido con ella.
Dana fue quien le recordó que no.
Su cuerpo había cambiado.
Él seguía allí.
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