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miércoles, 23 de noviembre de 2016


LOS CUADERNOS DE FACUNDO CABRAL. (2)

En su libro Agarrate (Testimonios de la música joven en Argentina), Juan Carlos Kreimer incluye el retrato de un joven Cabral que sirve para comprender su perfil: “Facundo entra al escenario solo, con lentitud, casi con humildad. En el aire flota un insistente barullo, quizá por la tardanza de los plomos en retirar los equipos del conjunto que tocó antes. Facundo saluda, pero nada. Otra vez, menos. Ya lo tiene estudiado. Se hace el respetuoso, levanta la mano hacia el superpullman y dice: Dedico mi actuación a la alta sociedad. Hay risas, gritos ingeniosos y de los otros, pero después, silencio. Lo escuchan. Facundo relata historias de Marías que fueron a ver al cura por dos problemas (el primero ya camina, el segundo es una nena). Facundo pregunta quiénes son más ladrones, los que roban un banco o quienes lo fundaron. Rasguea epigramas: Amaos los unos sobre los otros, no hay bien que con Mao venga, una golondrina no hace un carajo. Y este barbudo simpático, comprador, demagógico hasta el extremo de que se le perdona su demagogia, vuelve a cantar. Excita tanto como el más excitante conjunto beat, aunque sea la contrafigura: ‘Se lo debo a ustedes, que pagan para no subir a un escenario’”.

Cabral consigue un contrato con el sello EMI, y obtiene su primer éxito con Dale, dale, Federico. “Hice lo que hoy sería un rap”, explicaba. “Contaba la historia de un oficinista, rimado y a un ritmo frenético.” Después llegarían Vuele bajo y su canción más conocida, No soy de aquí. Este tema adquiriría vida propia, con traducciones en varios idiomas (entre ellas una que realizó su ídolo, Brassens, para que la interpretara Juliette Greco), hasta el punto de provocarle la siguiente reflexión: “Siento que yo, por lo menos, ya le dejé una canción al mundo. Hay una felicidad que uno agregó. Se canta en Japón, India, Bélgica, y no importa si lo que queda es la canción y no el nombre del autor”. 

Al despuntar la nueva década, Facundo firma para RCA, donde desarrolla la parte más importante de su obra solista, que es la que se edita a partir de mañana con Página/12. Facundo Cabral (1970) lo presenta en su madurez como compositor, despojado de la impronta comercial de las primeras canciones. Si bien luego el público –especialmente durante sus etapas de masividad en los ‘80, con Ferrocabral, Pateando tachos y Cabralgando, y a mediados de los ‘90, en su colaboración con Alberto Cortez–, lo conocería más como “decidor”, el Facundo de 1970 utilizaba al máximo sus limitados recursos musicales para una serie de canciones inolvidables, muchas de ellas incluidas en este álbum. 

Ella no dice nada es una cálida evocación de su madre, envuelta en una melodía de arrebatadora ternura: “Ella no dice nada solo cocina, vaya a saber la causa de su alegría/ ella no dice nada solo sonríe, cuando en lugar de sopa sirve jazmines”. Por otro lado, Que sí, que no... lo mismo me da, presenta al Facundo que bucea en sus raíces folklóricas para cantar una bella vidala cuya letra ejemplifica el idealismo de su generación: “No me importa tu dinero, prefiero mi independencia/ Si pa’ tener un sombrero hay que alquilar la cabeza/ Ni el oro de tu bolsillo ni la seda del pañuelo, ni tu plata ni tus latas son el camino del cielo/ tenés demasiado peso para poder alzar vuelo”. Lo mismo sucede en Con una flor en la mano y Pobrecito mi patrón, otra de sus canciones clásicas, entonada a la manera de las milongas camperas de José Larralde, uno de sus ídolos. El amor y las palomas es representativa de la canción de café concert. El álbum también incluye una nueva grabación de No soy de aquí..., donde Facundo la despoja del acompañamiento orquestal de la primera versión y restituye lacanción a su formato de milonga. Una perla del disco, quizás una de sus canciones más atípicas, es Muchacha siempre desnuda caminando entre los grillos, extenso tema con bajo, guitarra, armónica, percusión y efectos, que muestra un Cabral casi psicodélico.

Grabado el 20 de marzo de 1972, En vivo en el Teatro Embassy lo presenta en su salsa, para un público atento y receptivo, justo antes de dejar el país para emprender uno de sus viajes. El formato elegido para varios temas es la narración por milonga, donde alterna canto con recitado. Años más tarde explicaría: “A mí me gusta la narración, la charla. La mayor parte de las cosas que quiero decir no caben en el formato de canción. Es difícil poner ritmo y límites a algunas cosas que tengo para contar”. 

Para este desarrollo, Cabral cuenta en el Embassy con el acompañamiento de un maestro, el ya fallecido guitarrista Osvaldo Avena, que lo acompañaría durante muchos años, capaz de enriquecer simples estructuras de dos o tres acordes con una enorme gama de recursos. Inclusive es el autor de la música de dos de las canciones que interpretan. Una, El diablo es un señor, es otro manifiesto social del cantante: “El diablo tiene cola, mas la esconde en grueso portafolio color negro, donde lleva también los documentos, que lo autorizan a matar al pueblo”. La otra, El oficio de cantor, es una de sus extensas meditaciones: “Ser cantor no es un oficio, es ser espía del viento, pues se canta con su voz, que es Dios repartiendo el verbo. Para cantar compañero, hay que perder todo el miedo”. John Parker Dimitrinsky, dedicada a su perro, retoma la veta satírica; Tengo se estructura sobre un ritmo de malambo, mientras Mula, mulita descubre otra de sus influencias, la antigua canción española, con aires de flamenco y habanera. Pero la pieza central es Vengo de todas las cosas, influida por obras de Yupanqui como las Coplas del payador perseguido, y Larralde, en su Herencia pa’ un hijo gaucho. Allí junta reflexiones sobre el origen del hombre con su historia, metáforas y observaciones cotidianas, más la influencia de la milonga: “La milonga es campo abierto por donde el hombre camina, más que una forma de canto es una forma de vida”.

Facundo sigue activo hasta hoy, tras atravesar enfermedades, el éxito y fases que lo acercaron a una suerte de predicador religioso. Sale de gira por países en los que residió (como México, España y EE.UU., donde tiene un público devoto), publica libros, y reside en un apart hotel de la calle Esmeralda, aferrado a su libertad y defendiendo con el ejemplo aquello que proclama su canción: “No soy de aquí, ni soy de allá”.

Facundo Cabral ~ Soy parte del Universo

Desde que siento que soy parte del universo todo es melodía (ahora sé qué bendijo a Tchaikovsky.) Sin tiempo ni espacio porque soy uno con mi destino (lo supe al entregarme), voy en todas direcciones con el único ritmo. Estoy solo y feliz, y eso significa que corté el cordón umbilical (qué plenitud se siente cuando uno no extraña al vientre materno ni sueña con el más allá, qué serenidad la eternidad.)

Ahora puedo provocar vida en todas partes porque amo a cualquiera. Antes me simbolizaba en el arte pero ahora me simbolizo en mi ser, por eso me son fáciles los milagros, por eso las palabras son claras y la alegría mucha: ¡he convertido mi vida en arte! Facundo Cabral

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