martes, 20 de enero de 2026

Si usted ya llegó a los 60 años o está por llegar...

Con humor
"Me llegó este texto alusivo que ¡me mató de risa! jajaja 🤣🤣🙈

*El diente miente, la cana engaña, la arruga desengaña; pero el pelo en la oreja, ni duda deja.*  

*Si usted ya llegó a los 60  años o está por llegar, cuídese de todo, de todos y de todas.*

*¿Le han contado el cuento de que usted está en su mejor edad?  ¡Patrañas!  Eso fue a los 30 y a comienzos de los 40, cuando repetir de todo no sólo no hacía daño, sino que era posible y hasta motivo de orgullo y de jactancia. Pero a los 60 "repetir" es palabra maldita y prohibida.*  

*Veamos: ¿Repetir matrimonio? ¿Con qué,  y a qué hora?*

*Después de los 60, no hay vuelta posible:* 

*¿Volver a empezar? ¿Con qué tiempo?*

*¿Volver a ser papá? ¿Y las desveladas y agachadas? No gracias.*

*¿Fiestas hasta que amanezca? Muerte súbita.*

*¿Volver a trotar? Infarto seguro.*

*¿Volver a nadar? Será flotar.*

*¿Volver a cantar? Te ahogas, mi vida.*

*¿Beber como antes? Ahí viene la cirrosis.*

*Después de los 60 todo es grave, de cama, de muerte.*

*Un catarro es una bronquitis.*

*Un resfriado, es una neumonía.*

*Un barrito, es cáncer.*

*Una tos, es tisis.*

*Un golpe, es un hematoma seguro.*

*Un chicharrón, es diente perdido.*

*A partir de los 60: ¿Un dolor de cabeza?  Es un derrame.*

*¿Un dolor en el pie?  Es gota.*

*¿Dolores en las manos? Es artritis.*

*¿Un olvido absurdo? Demencia senil.*

*¿Una tiritada por frío? Es Parkinson.*

*¿Un estornudo? Es tuberculosis.*

*¿Una oclusión intestinal después de los 60? Es cáncer de colon.*

*¿Mucha sed,  será Diabetes?.*

*¿Un kg de más? Retención de líquidos!* 

*Un kg de menos... ¿será leucemia?*

*Una meada a media noche, es próstata.* 

*A los 60, lo que no crece se cae o no funciona igual.*

*Se cae el pelo de la cabeza, pero crece en la barbilla, en las orejas, en la nariz*. 

*Y canas en el bigote, problemas con el garrote*.

*Los brazos se vuelven gelatina.*

*A los 60 todo es peligroso: Sonarte fuerte, es hemorragia nasal.*

*Visión borrosa, son cataratas.*

*Cera en los oídos, otitis.*

*Insomnio, es ataque depresivo.*

*Si después de los 60, Usted se despierta y no siente nada, es porque ya se murió.*

*Y aquí te dejo, porque es hora de echarme mi cremita de goicoechea, untarme un poco de Vick VapoRub, tomar mi Metamucil y aplicarme linimento por todos lados.*

*¡Ah!... por cierto, esto lo escribíeron en letra grande y en negritas para que no nos cueste leerlo.*

*No nos hagamos ilusiones..  AMANECIMOS RESPIRANDO, el resto es ganancia.*

*¡DISFRUTEMOS Y VAMOS BAILANDO, LO QUE NOS VAYAN TOCANDO!*

😂😂😂😂😂😂
(Ignoro el nombre del brillante autor del texto) me he reido tanto que ahí les dejo este texto para que se rían un rato

Solo por humor

domingo, 18 de enero de 2026

Dejé a mi esposo para buscar a mi primer amor...

Tengo 83 años, dejé a mi esposo para buscar a mi primer amor ¡Me llamaron loca!

"¡Mamá, te volviste loca!" gritó mi hijo Roberto por teléfono cuando le dije que dejaba a su padre.

"No estoy loca, estoy despierta," le respondí mientras metía mis mejores blusas en la maleta. "Pasé 60 años preguntándome qué hubiera sido de Antonio, y ya no me queda tanto tiempo para seguir preguntándomelo."

Mi esposo Héctor me miraba desde el sillón, con esa cara de resignación que había perfeccionado en seis décadas de matrimonio.

"¿En serio vas a buscar a un noviecito de hace mil años?" preguntó, negando con la cabeza.

"Sesenta y cinco años no son mil," le corregí. "Y sí, voy en serio."

Al día siguiente, mi casa parecía un manicomio. Mis tres hijos llegaron para hacerme una "intervención".

"Mamá, esto es ridículo," dijo mi hija Clara. "¡Tienes 83 años!"

"Exactamente por eso," repliqué. "¿Cuándo si no?"

"Abuela," intervino mi nieta Sofía, con esa sonrisa cómplice que siempre me encantó, "yo te ayudo a buscarlo."

Todos la miraron como si hubiera sugerido ir a la luna en bicicleta.

"¿Tú también estás loca?" le gritó Roberto a su hija.

"No, papá. Estoy del lado del amor. Deberías intentarlo alguna vez," respondió Sofía con todo el descaro de sus 28 años.

Y así fue como dos semanas después, mi nieta y yo estábamos en un avión rumbo a España. Antonio se había mudado allá hace décadas, según descubrimos en Facebook. (¿Quién dice que los viejos no sabemos usar la tecnología?)

"Abuela, ¿y si está casado?" preguntó Sofía mientras comíamos maní en el avión.

"Entonces me tomo un vino con él y listo. Solo quiero verlo una vez más."

Llegamos a Sevilla con el calor pegándose a la piel como miel caliente. Sofía había rastreado la dirección de Antonio hasta una casa preciosa con balcones llenos de geranios. Tocamos el timbre con el corazón en la garganta.

Abrió un joven de unos treinta años, guapísimo, con los ojos verdes que yo recordaba de Antonio.

"¿Sí?" preguntó con acento andaluz.

"Busco a Antonio Mendoza," dije, sintiendo que las piernas me temblaban.

El rostro del joven se ensombreció.

"Mi abuelo... falleció hace tres meses."

El mundo se detuvo. Sofía tuvo que sostenerme porque literalmente sentí que me iba de lado.

"Lo siento mucho," murmuró.

"Pasen, pasen," dijo el joven, presentándose como Miguel. "¿Eran amigas de mi abuelo?"

Nos sentamos en una sala llena de luz. Miguel nos sirvió agua y me miró con curiosidad.

"¿Cómo se llamaba usted?" preguntó.

"Elena. Elena Rojas."

Miguel se quedó paralizado, con el vaso de agua a medio camino.

"¿Elena de Argentina?"

Asentí, confundida.

"Dios mío," susurró. "Mi abuelo habló de usted hasta su último día. Decía que Elena había sido su primer amor, el amor de su vida. Que cometió el error de dejarse llevar por el miedo y nunca volvió a buscarla."

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin permiso.

"¿De verdad?"

"Tengo cartas que nunca envió. Poemas. Fotos suyas que guardaba en una caja. Mi abuela murió hace años y él... él siempre decía que se había casado con la mujer equivocada pero era demasiado tarde para arreglarlo."

Lloré como no lloraba desde que era niña. Sofía me abrazaba mientras Miguel traía una caja de madera tallada. Dentro había fotos mías de cuando tenía 18 años, cartas amarillentas, y un anillo.

"Esto iba a ser para usted," dijo Miguel, mostrándome el anillo. "Lo compró hace 60 años pero nunca tuvo el coraje de buscarte."

Pasamos tres días en Sevilla. Miguel nos mostró los lugares favoritos de Antonio, nos contó historias. Y algo extraño pasó: Sofía y Miguel comenzaron a discutir por todo.

"No camines tan rápido," le decía ella.

"Pues tú apúrate," respondía él.

"Eres insoportable."

"Tú eres terca."

Yo los miraba y sonreía. Había visto esa misma dinámica en el espejo sesenta y cinco años atrás.

El último día, mientras hacíamos las maletas, Miguel tocó la puerta de nuestro hotel.

"Sofía, ¿puedo hablar contigo?"

"Si es para criticarme otra vez..."

"Me gustas," soltó él, colorado como un tomate. "Me gustas muchísimo y sé que vives en Argentina y que esto es una locura pero... mi abuelo murió arrepentido. Yo no quiero lo mismo."

Sofía se quedó muda por primera vez en su vida.

Seis meses después, estaba yo en otra boda. Sofía radiante con Miguel, quien se había mudado a Buenos Aires.

"Abuela," me susurró durante la fiesta, "gracias por volverse loca."

Esa noche, volví a mi casa. Héctor estaba viendo televisión, como siempre.

"Héctor," dije suavemente.

"¿Ya terminó tu aventura?"

"Sí. Y vengo a pedirte perdón."

Me miró sorprendido.

"No me casé con el hombre equivocado," continué. "Me casé con el hombre correcto para la mujer en que me convertí. Antonio hubiera sido perfecto para la Elena de 18, pero tú... tú has sido perfecto para la Elena real."

Héctor sonrió, con los ojos húmedos.

"Bienvenida a casa, loca."

Me senté a su lado y tomé su mano arrugada. A veces necesitamos perseguir fantasmas para apreciar lo que tenemos. Antonio me amó en el recuerdo, pero Héctor me amó en la realidad, con mal aliento por las mañanas, arrugas, discusiones sobre qué canal ver, y sesenta años de verdad.

Y eso, descubrí a los 83 años, vale más que mil primeros amores.

**¿Y tú, has perseguido alguna vez un sueño del pasado solo para descubrir que tu presente era exactamente donde debías estar?**

viernes, 16 de enero de 2026

GRACIAS JOVEN POR TU AYUDA.

Joven PIERDE Oportunidad de Trabajo por Ayudar a una Anciana... sin saber que ERA la Madre del CEO... Gracias joven por tu ayuda.
C.
¿Qué pasó, mamá?
Te llevaré al hospital.
Un joven caminaba apurado hacia la entrevista más importante de su vida.
La lluvia caía con fuerza y su camisa se empapaba con cada paso, pero aún conservaba la esperanza de un futuro mejor.
hasta que bajo una parada de bus vio a una anciana sentada sobre un charco temblando y sin fuerzas para levantarse.
La gente la evitaba como si su fragilidad simplemente no existiera.
Él se detuvo sin imaginar que ese gesto cambiaría su destino para siempre.

La mañana estaba oscura.
Los autos dejaban estelas de agua mientras el joven Luis apretaba el paso hacia el edificio donde sería entrevistado.
Había preparado ese momento durante semanas, pero el clima parecía conspirar contra él.
Frente a la parada de bus, vio a una anciana intentando levantarse de un charco.
Su abrigo azul estaba empapado y ella respiraba con dificultad.
Luis dudó por un segundo.
Sabía que estaba al límite del tiempo, pero su conciencia pesó más.
Dio media vuelta y corrió hacia ella.

Señora, ¿está bien?", preguntó con voz preocupada.
La anciana intentó sonreír, pero apenas logró murmurar que le faltaban fuerzas.
Luis se quitó su propia casaca para cubrirla, aunque él temblara por el frío, y sin pensarlo la cargó a cuestas para llevarla a un lugar seguro.
La lluvia caía con más fuerza, golpeando la espalda de Luis mientras avanzaba con la anciana sobre él.
El pavimento resbaladizo hacía cada paso más difícil, pero él seguía decidido.
Ella se aferraba a su camisa mojada, con los ojos cerrados por el cansancio.

En la esquina, un auto de lujo frenó abruptamente.
Un hombre elegante salió corriendo bajo la lluvia, mirando alarmado a la anciana.
"¡Mamá!", gritó al reconocerla.
Luis se detuvo sorprendido por la reacción del desconocido.
El hombre inspeccionó a su madre y luego miró a Luis con una mezcla de preocupación y agradecimiento.
¿Qué ocurrió?
Preguntó con tono firme.
Luis, explicó brevemente, sin darse importancia.
Solo quería asegurarse de que la anciana estuviera bien.
El hombre ayudó a su madre a sentarse dentro del auto, pero ella insistió en tomarle la mano a Luis.

Él me ayudó cuando nadie más lo hizo.
Susurró con un hilo de voz.
Luis sonríó tímidamente, sin imaginar quién era realmente esa persona.
El hombre se presentó como Arturo y le ofreció llevarlo algún lugar para que no continuara empapado.
Luis negó con cortesía.
Tenía que llegar a una entrevista urgente.
Arturo volvió a mirarlo con atención, reconociendo su determinación.
¿A qué empresa?
Preguntó curioso.
Luis mencionó el nombre intentando disimular su ansiedad.
Arturo quedó en silencio por un instante, como si una idea inesperada le cruzara la mente.

Pero antes de decir algo, la anciana volvió a tocer, obligándolo a regresar al volante.
Luis llegó finalmente al edificio empapado, desordenado y con minutos de retraso.
El guardia de seguridad lo miró con desconfianza, como si no pudiera creer que ese joven fuera un candidato.
Aún así, lo dejó pasar y Luis subió apresuradamente hacia la oficina de recursos humanos.
Al llegar, la recepcionista lo observó de pies a cabeza.
Su ropa mojada parecía ser prueba suficiente para descartarlo.
"Lo siento, señr Luis.

La entrevista ya terminó", dijo con frialdad.
Luis tragó saliva intentando explicar la situación, pero ella lo interrumpió con desgano.
"El gerente es muy estricto con la puntualidad."
Luis bajó la mirada sintiendo cómo se le escapaba la oportunidad que tanto necesitaba y sin más salió del lugar bajo las luces frías del pasillo.
Al llegar a la calle la lluvia había disminuido, pero el sentimiento de derrota pesaba aún más.
Luis se sentó bajo un techo improvisado, repasando mentalmente cada decisión.

Joven PIERDE Oportunidad de Trabajo por Ayudar a una Anciana… sin saber que ERA la Madre del CEO…

Gracias joven por tu ayuda. C. ¿Qué pasó, mamá? Te llevaré al hospital. Un joven caminaba apurado hacia la entrevista más importante de su vida. La lluvia caía con fuerza y su camisa se empapaba con cada paso, pero aún conservaba la esperanza de un futuro mejor. hasta que bajo una parada de bus vio a una anciana sentada sobre un charco temblando y sin fuerzas para levantarse. La gente la evitaba como si su fragilidad simplemente no existiera. Él se detuvo sin imaginar que ese gesto cambiaría su destino para siempre.

La mañana estaba oscura. Los autos dejaban estelas de agua mientras el joven Luis apretaba el paso hacia el edificio donde sería entrevistado. Había preparado ese momento durante semanas, pero el clima parecía conspirar contra él. Frente a la parada de bus, vio a una anciana intentando levantarse de un charco. Su abrigo azul estaba empapado y ella respiraba con dificultad. Luis dudó por un segundo. Sabía que estaba al límite del tiempo, pero su conciencia pesó más. Dio media vuelta y corrió hacia ella.

Señora, ¿está bien?”, preguntó con voz preocupada. La anciana intentó sonreír, pero apenas logró murmurar que le faltaban fuerzas. Luis se quitó su propia casaca para cubrirla, aunque él temblara por el frío, y sin pensarlo la cargó a cuestas para llevarla a un lugar seguro. La lluvia caía con más fuerza, golpeando la espalda de Luis mientras avanzaba con la anciana sobre él. El pavimento resbaladizo hacía cada paso más difícil, pero él seguía decidido. Ella se aferraba a su camisa mojada, con los ojos cerrados por el cansancio.

En la esquina, un auto de lujo frenó abruptamente. Un hombre elegante salió corriendo bajo la lluvia, mirando alarmado a la anciana. “¡Mamá!”, gritó al reconocerla. Luis se detuvo sorprendido por la reacción del desconocido. El hombre inspeccionó a su madre y luego miró a Luis con una mezcla de preocupación y agradecimiento. ¿Qué ocurrió? Preguntó con tono firme. Luis, explicó brevemente, sin darse importancia. Solo quería asegurarse de que la anciana estuviera bien. El hombre ayudó a su madre a sentarse dentro del auto, pero ella insistió en tomarle la mano a Luis.

Él me ayudó cuando nadie más lo hizo. Susurró con un hilo de voz. Luis sonríó tímidamente, sin imaginar quién era realmente esa persona. El hombre se presentó como Arturo y le ofreció llevarlo algún lugar para que no continuara empapado. Luis negó con cortesía. Tenía que llegar a una entrevista urgente. Arturo volvió a mirarlo con atención, reconociendo su determinación. ¿A qué empresa? Preguntó curioso. Luis mencionó el nombre intentando disimular su ansiedad. Arturo quedó en silencio por un instante, como si una idea inesperada le cruzara la mente.

Pero antes de decir algo, la anciana volvió a tocer, obligándolo a regresar al volante. Luis llegó finalmente al edificio empapado, desordenado y con minutos de retraso. El guardia de seguridad lo miró con desconfianza, como si no pudiera creer que ese joven fuera un candidato. Aún así, lo dejó pasar y Luis subió apresuradamente hacia la oficina de recursos humanos. Al llegar, la recepcionista lo observó de pies a cabeza. Su ropa mojada parecía ser prueba suficiente para descartarlo. “Lo siento, señr Luis.

La entrevista ya terminó”, dijo con frialdad. Luis tragó saliva intentando explicar la situación, pero ella lo interrumpió con desgano. “El gerente es muy estricto con la puntualidad.” Luis bajó la mirada sintiendo cómo se le escapaba la oportunidad que tanto necesitaba y sin más salió del lugar bajo las luces frías del pasillo. Al llegar a la calle la lluvia había disminuido, pero el sentimiento de derrota pesaba aún más. Luis se sentó bajo un techo improvisado, repasando mentalmente cada decisión.

“Tal vez debí seguir de largo”, murmuró, aunque sabía que no sería capaz. Su madre siempre le había enseñado que ayudar era un deber, incluso si tenía consecuencias. Mientras pensaba, su teléfono vibró con una notificación. Era un mensaje inesperado. Regrese al edificio. Gerencia general, ¿desea verlo de inmediato. Luis sintió un nudo en la garganta. No entendía lo que ocurría, pero decidió volver. Su corazón latía con fuerza mientras subía nuevamente los escalones. Algo había cambiado, aunque aún no sabía qué.

La recepcionista lo confundida cuando regresó, pero no tuvo más opción que dejarlo pasar. Lo condujo hacia un ascensor privado, algo que Luis jamás había imaginado usar. Al llegar al último piso, dos puertas altas se abrieron lentamente. La oficina era imponente, con ventanales que dejaban ver toda la ciudad. Sentado detrás del escritorio estaba Arturo, el mismo hombre que había encontrado a su madre bajo la lluvia. Luis se quedó inmóvil intentando procesar la coincidencia. Arturo se levantó con una sonrisa cordial.

“Te estaba esperando”, dijo con voz cálida. Luis sintió un escalofrío al comprender quién era realmente. Estaba frente al CEO de la empresa. Arturo le ofreció asiento y Luis aceptó con manos temblorosas. “Mi madre está bien, gracias a ti. Si no la hubieras ayudado, no quiero imaginar qué habría ocurrido”, explicó el SEO. Luis negó rápidamente. Cualquiera lo habría hecho, señor. Arturo soltó una leve risa. Créeme, no, no cualquiera. Luis respiró hondo, aún preocupado por la entrevista fallida. Arturo lo notó y caminó hacia la ventana.

¿Fuiste a la entrevista, verdad?, preguntó. Luis asintió avergonzado. Y te rechazaron por llegar tarde, completó Arturo con un tono más serio. Luis no tuvo palabras, solo apretó las manos sobre sus rodillas. Arturo se acercó y colocó un dosier sobre la mesa. Este era tu expediente. Llegó a mis manos por casualidad, comentó Luis. Lo observó sorprendido por la coincidencia, el seo continuó. Veo esfuerzo, veo sacrificio, veo hambre de aprender. Luis sintió un leve temblor en la voz. Solo quiero una oportunidad.

Arturo lo miró fijamente, como evaluando no su currículum, sino su corazón. Eso mismo le dije a mi hijo cuando era joven, pero él nunca entendió lo que significa ayudar. Luis bajó la mirada sin saber qué responder. El ambiente se llenó de un silencio tenso, apenas interrumpido por la lluvia que golpeaba la ventana, hasta que Arturo decidió romperlo con una simple frase. “Luis, quiero saber algo”, dijo Arturo. “Si pudieras volver atrás, sabiendo que perderías esta entrevista, volverías a ayudar a mi madre.” Luis tardó unos segundos.

Pero su respuesta fue honesta. Sí, señor. Lo haría igual. Arturo sonríó satisfecho, como si esa respuesta confirmara lo que ya intuía. Entonces, tú eres el tipo de persona que quiero en mi empresa declaró con firmeza. Luis abrió los ojos. Incrédulo. ¿Está diciendo que preguntó con esperanza contenida? Sí, respondió Arturo. Te ofrezco el puesto de trabajo y no por lástima, sino por tu carácter. Luis sintió como un peso enorme se desprendía de su pecho. Arturo lo acompañó hasta la salida, explicándole que recursos humanos se comunicaría con él para coordinar su incorporación a la empresa.

Luis seguía sin creer lo que estaba viviendo. Mientras caminaban por el pasillo, Arturo sonríó. Mi madre quiere verte”, insistió en agradecértelo personalmente. Luis sintió un calor en el pecho. Esa mujer frágil que había cargado bajo la lluvia ahora era la razón de su nueva oportunidad. La anciana estaba sentada en una silla de ruedas. Ella extendió la mano con dulzura. “Gracias, hijo. Nadie había sido tan bueno conmigo en mucho tiempo.” Luis se inclinó para abrazarla profundamente conmovido. La anciana tomó sus manos sintiendo aún la humedad en la ropa de Luis.

Eres un buen joven, no pierdas esa bondad por nada del mundo”, dijo con voz temblorosa. Luis no pudo evitar emocionarse. Detrás de ella, Arturo observaba la escena con orgullo. “Mi madre siempre me dijo que las personas se conocen por sus actos, no por sus palabras.” Luis levantó la vista, sus ojos brillaban. “Solo hice lo que cualquiera haría”, repitió él, aunque ambos sabían que no era cierto. Arturo colocó una mano sobre su hombro. La vida siempre devuelve lo que das, Luis.

Y en ese momento el joven creyó en ello por primera vez. Al salir del edificio, la lluvia finalmente había cesado, dejando un cielo gris iluminado por los primeros rayos del sol. Luis respiró profundamente, sintiendo el aire fresco llenar sus pulmones. Había perdido una entrevista, pero había ganado algo mucho más valioso, una oportunidad real construida no por un currículo, sino por un acto desinteresado. Mientras caminaba por la cera húmeda, recordó a su madre y sus palabras de infancia.

“El mundo puede ser duro, pero tú jamás lo seas.” Luis sonrió discretamente. Sabía que el camino no sería fácil, pero también sabía que había hecho lo correcto y que la vida, por primera vez en mucho tiempo, le estaba dando una luz de esperanza. Luis comprendió que las oportunidades reales no siempre llegan envueltas en éxito inmediato, sino en decisiones difíciles que revelan quién eres en verdad. Ayudar a la anciana le costó una entrevista, pero le abrió un destino inesperado.

Descubrió que la bondad sigue siendo un valor poderoso. Incluso en un mundo acelerado y egoísta, Arturo vio en él lo que muchos no quisieron ver, un corazón íntegro. Y la anciana, con su fragilidad, le recordó que los actos más pequeños pueden cambiar vidas enteras. Luis caminó hacia su futuro con esperanza renovada porque entendió que cuando haces el bien, tarde o temprano, la vida te lo devuelve.

AL HIJO ADULTO TAMBIÉN SE LE CORRIGE

“AL HIJO ADULTO  TAMBIÉN SE LE CORRIGE …PORQUE EL  RESPETO  NO VENCE CON LA  EDAD .”

en mi casa lo vi clarito desde niña:
mi abuelita corregía a mi papá sin temblarle la voz.

y él ya era adulto, con trabajo y vida hecha…
pero para ella seguía siendo su hijo.
porque el respeto no expira con los años.

hoy muchos adultos dicen: “yo ya no necesito que me digan nada”…
pero luego viven ofendidos, sin rumbo y sin límites.
la madurez no es cumplir años:
es saber recibir una corrección sin sentirse atacado.

porque si no te corrige mamá o la abuela…
te corrige la vida.
y la vida no tiene mano suave.

martes, 13 de enero de 2026

QUE APRENDA A VALORAR.

DEJÉ DE HABLARLE A MI MADRE DURANTE DOS AÑOS PORQUE DESCUBRÍ QUE ELLA VIVÍA COMO UNA INDIGENTE A PESAR DE QUE YO LE ENVIABA 500 DÓLARES MENSUALES. PENSÉ QUE LE ESTABA DANDO MI DINERO A SU NUEVA PAREJA O AL BINGO. CUANDO MI EMPRESA QUEBRÓ Y LO PERDÍ TODO, ELLA ME ENTREGÓ UNA CAJA DE GALLETAS OXIDADA QUE PESABA UNA TONELADA.

Soy un empresario exitoso (o lo era). Desde que empecé a ganar bien, le enviaba a mi madre una mensualidad generosa para que viviera como reina. Sin embargo, cada vez que la visitaba, la veía con la misma ropa vieja, el mismo abrigo raído de hace 20 años y comiendo sopas instantáneas. Su casa se veía descuidada. Un día estallé. —"¡Mamá, es el colmo!", le grité en la cocina. "¿Qué haces con el dinero? ¿Se lo das al vago de tu novio? ¿Lo juegas? ¡Te mando dinero para que disfrutes, no para que vivas en la miseria! ¡Si vas a seguir así, no te mando nada más!". Ella intentó explicarme, pero yo estaba cegado por la ira. Me sentí utilizado. Corté la mensualidad y dejé de visitarla. "Que aprenda a valorar", pensé.

Dos años después, mi vida se derrumbó. Una mala inversión, una demanda y una crisis del mercado hicieron que mi empresa quebrara. El banco embargó mi casa, mi auto y mis cuentas. Me quedé en la calle, con deudas millonarias y sin amigos (esos desaparecieron cuando se acabó el dinero). Derrotado, con mi orgullo hecho pedazos y una maleta pequeña con mi poca ropa, volví a casa de mi madre. No tenía a dónde más ir. Esperaba un "te lo dije" o un reproche por mi ausencia.

Ella me abrió la puerta. Me vio flaco, sucio y desesperado. No dijo una palabra. Me preparó un café caliente y me sentó en la mesa de siempre. Luego, fue a su armario y sacó una vieja caja metálica de galletas de mantequilla, de esas azules que las abuelas usan para guardar hilos. La puso sobre la mesa. Pesaba mucho. —"Ábrela", me dijo. Quité la tapa oxidada. Adentro no había hilos. Había fajos de billetes, recibos de depósitos a plazo fijo y hasta algunas monedas de oro. —"Hijo", me dijo ella acariciándome la mano. "Desde que empezaste a enviarme dinero, tuve miedo. Tú vivías muy rápido. Comprabas cosas caras, viajabas, gastabas... Yo sabía, porque soy tu madre, que algún día la vida te iba a pasar factura. Sabía que este día llegaría".

Me quedé helado contando. Estaba todo. Cada centavo que le envié durante años. Ella no gastó nada. Siguió viviendo con su pensión mínima, remendando su ropa y comiendo poco, guardando mi dinero "por si acaso". —"Yo ya viví mi vida, mi amor. No necesito lujos. Pero sabía que tú necesitarías un paracaídas". En esa caja había suficiente dinero para pagar mis deudas más urgentes y empezar un negocio pequeño desde cero. Yo la juzgué de tacaña y "viciosa", cuando en realidad ella estaba siendo mi banco de seguridad a costa de su propia comodidad.

Lloré sobre esa caja de galletas como nunca había llorado. Ella me abrazó y me dijo: —"El dinero va y viene, hijo. Pero la puerta de mamá siempre está abierta, con o sin billetera".

🧠 Reflexión Profunda para llevar:
La intuición de una madre es el seguro de vida más potente.

A veces criticamos a nuestras madres por ser "anticuadas", "ahorrativas" o miedosas. Nos molestamos porque no "disfrutan" la vida a nuestro ritmo. Pero ellas ven el futuro con los ojos del miedo a que sus hijos sufran. Mientras yo gastaba en apariencias, ella acumulaba seguridad. Ella prefirió parecer pobre ante mis ojos para asegurarse de que yo no fuera pobre en la realidad. Nunca subestimes el plan B de una madre; suele ser lo único que te queda cuando el plan A falla.

viernes, 9 de enero de 2026

ABANDONADOS POR SUS HIJOS...

Abandonados por sus hijos a los 70 años, descubren una casa escondida… y lo que había adentro lo cambia todo

Rosa Ramírez apretaba el asa de su maleta roja como si de ese gesto dependiera que el mundo no se desmoronara del todo. Frente a ella, el oficial judicial pegó el sello en la puerta de la casa donde había vivido cuarenta y tres años. La cinta adhesiva sonó como un golpe seco, definitivo. La palabra “embargo” flotaba en el aire, acompañada del silencio incómodo de los vecinos que miraban desde lejos y del sol de otoño que parecía incapaz de calentar nada.

A su lado, Armando acomodó la maleta azul sobre el hombro y tragó saliva. Tenía setenta y un años y una espalda que ya había cargado demasiado: motores desarmados, cajas de herramientas, jornadas interminables en el taller mecánico… y ahora, la vergüenza de salir sin techo y sin nadie que los esperara.

—¿A dónde vamos ahora, Armando? —preguntó Rosa, con la voz quebrada, como si cada palabra le arrancara un pedazo de orgullo.

Armando miró la calle empedrada del pueblo, esas piedras coloniales que Rosa había barrido tantas veces, las mismas que habían visto crecer a sus hijos. Quiso inventar una respuesta, una dirección, una certeza. Pero lo único que encontró fue un cansancio antiguo.

—No sé, mi querida… Ya no sé nada.

Lo más duro no era el banco ni la hipoteca. Lo más duro eran los hijos. Fernando, el mayor, ni siquiera había intentado ocultar su fastidio:

—Ustedes arréglenselas —había dicho, como si los años de pañales, fiebre, escuela, sacrificios y noches sin dormir fueran deuda saldada.

Beatriz, la hija del medio, era aún más fría:

—No puedo hacerme responsable de sus errores.

Y Javier, el menor… Javier simplemente no contestó. Ni una llamada. Ni un mensaje. Nada. Un vacío tan perfecto que dolía más que un grito.

Caminaron sin rumbo. Se sentaron en la plaza, viendo pasar familias: niños corriendo, parejas con bolsas de pan, abuelos de la mano de sus nietos. Rosa veía esas escenas como si fueran de otra película, y al mismo tiempo le ardían por dentro porque sabía que ella también había sido esa madre que corría al hospital cuando un niño se caía, que contaba monedas para comprar cuadernos y cosía botones en la noche para que sus hijos fueran decentes a la escuela.

—¿Recuerdas cuando Fernando se rompió el brazo? —murmuró Rosa—. Pasamos toda la noche en el hospital.

Armando asintió con los ojos húmedos. Recordaba cada detalle: el olor a desinfectante, la mano pequeña apretando su dedo, el miedo escondido detrás de palabras tranquilas. Recordaba a Beatriz con neumonía, a Javier llorando por pesadillas, a la mesa siempre servida aunque el dinero faltara. Nunca hubo golpes ni abandono, ni humillaciones. Hubo trabajo, paciencia y ternura. Y aun así, cuando más necesitaban ayuda, recibieron un portazo.
Cuando el atardecer empezó a pintar de naranja las fachadas, ya estaban en las afueras del pueblo, donde las casas se volvían escasas y la naturaleza reclamaba su lugar. Rosa sentía las piernas temblar. Armando miró a su alrededor buscando un rincón con sombra, un sitio donde al menos respirar sin sentir que el mundo los empujaba.

—Allá, en esa colina —dijo—. Subamos un poco. Quizá encontremos un lugar para descansar.

La subida fue cruel. Piedras sueltas, matorrales secos, tierra que se deshacía bajo los zapatos. Rosa se apoyaba en el brazo de Armando y Armando se apoyaba en su orgullo, ese orgullo terco de hombre que no quería que su esposa lo viera rendirse.

Casi al llegar a la cima, algo detuvo a Rosa. Entre arbustos y rocas, como si la montaña escondiera un secreto, se veía un arco de piedra y, dentro de él, una puerta de madera oscurecida por el tiempo.

—Armando… mira. Eso… eso no es una puerta cualquiera.

Armando ajustó los lentes y se acercó con curiosidad y desconfianza. La puerta estaba encajada en la roca, como si alguien hubiera decidido, hace mucho, que ese lugar merecía una entrada. La vegetación intentaba cubrirla, pero no lo lograba del todo. Rosa sintió un escalofrío, no de frío, sino de esa sensación extraña de haber estado en un lugar antes… aunque juraba que no.

—¿Habrá alguien viviendo ahí dentro? —susurró.

Armando golpeó suavemente. El sonido resonó de un modo peculiar, como si del otro lado hubiera aire, habitaciones. Nadie respondió. Probó empujar; estaba cerrada. Entonces, casi por instinto, levantó una piedra colocada a propósito y encontró una llave antigua, oxidada.

Rosa apretó el brazo de Armando.

—No… Armando, esto es meternos en problemas.

—¿Qué problemas podrían ser peores que dormir a la intemperie? —dijo Armando con tristeza tranquila—. Será solo una noche. Mañana… buscamos a los dueños y explicamos.

Rosa no respondió, pero su silencio fue una rendición. Y mientras Armando giraba la llave en la cerradura, el crujido profundo de la puerta pareció anunciar que, detrás de esa madera vieja, no los esperaba solo un refugio… sino una verdad capaz de cambiarlo todo....

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Te deseo un día maravilloso, lleno de buena suerte, y que siempre seas la mejor y más auténtica versión de ti. 

jueves, 1 de enero de 2026

TIENES LECHE Y MI HIJO ESTÁ LLORANDO

"Tienes leche y mi hijo está llorando "suplicó el príncipe viudo... Pero la esclava cambia su vida.
El año era 1854, en el corazón del Brasil imperial. El sol implacable de Río de Janeiro castigaba la vasta Fazenda Santa Amélia, pero dentro del imponente palacete colonial reinaba un frío mortal.
Dom Afonso de Valença, un príncipe imperial de 32 años, severo y de autoridad incuestionable, acababa de enterrar a su joven esposa, la princesa Helena, muerta en el parto de su primer heredero. El pequeño, Dom Pedro, había sobrevivido, pero sin leche materna, se desvanecía día a día.
El palacete, antes lleno de música y risas de la élite imperial, ahora solo albergaba el llanto cada vez más débil del bebé y el pesado silencio del luto. Dom Afonso, un hombre acostumbrado a que su poder y riqueza lo resolvieran todo, vagaba por los pasillos como una sombra, desesperado. Los mejores médicos y las nodrizas blancas de las mejores familias habían fracasado; el heredero rechazaba todo alimento.
"¡Ni para salvar al heredero de Valença sirven!", gritó Dom Afonso, explotando de frustración.
Fue entonces cuando el viejo Padre Inácio se acercó. "Excelencia", dijo con voz serena, "hay una esclava en los cañaverales. Maria das Dores. Dio a luz hace poco. Tiene leche fuerte y abundante, y alma buena también".
El príncipe lo miró como si lo hubieran abofeteado. "¿Sugiere que la sangre de Valença sea alimentada por una negra, padre?"
Pero esa noche, solo junto a la cuna donde su hijo luchaba por respirar, Dom Afonso sintió cómo su orgullo aristocrático se disolvía en miedo paternal. Al amanecer, cabalgó hasta las senzalas, los alojamientos de los esclavos. Allí, entre el barro y el olor a caña quemada, encontró a Maria das Dores, una joven de unos veinte años, de piel oscura y mirada mansa, que cargaba a su propio hijo recién nacido, José.
La voz del príncipe, siempre autoritaria, salió temblorosa. "¿Tienes leche?"
Ella lo miró con una serenidad sorprendente y respondió: "Tengo, señor. Y corazón también".
Esa respuesta sacudió a Dom Afonso. Horas después, Maria das Dores fue llevada al palacete. Caminaba descalza, con un simple vestido de algodón, un contraste absoluto con los tapices importados y los espejos venecianos. En el cuarto del heredero, ignoró el lujo y fijó sus ojos en el bebé moribundo.
"¿Puedo tomarlo, señor?", preguntó con voz melodiosa.
Dom Afonso asintió. Con movimientos suaves, Maria acomodó al pequeño Dom Pedro contra su pecho. Y entonces, el milagro que los médicos no lograron, ocurrió. El bebé, que había rechazado todo lo demás, comenzó a succionar con avidez. La vida regresó visiblemente a su frágil cuerpo.
Dom Afonso sintió un nudo en la garganta y se volvió hacia la ventana, luchando por contener las lágrimas mientras Maria comenzaba a cantar una suave nana en lengua bantú.