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jueves, 30 de julio de 2015

ALFONSO REYES (Literatura de Facundo Cabral)

Alfonso Reyes, el hombre que mejor escribió a los lados del océano
ALFONSO REYES

Según las estadísticas, Ciudad Juárez es la ciudad más violenta del mundo: en los últimos ocho meses fueron ejecutadas dos mil personas, por eso cientos de soldados encapuchados patrullan las calles, listos para disparar sus ametralladoras. Es una guerra de la que escaparon hada El Paso, Texas, tres mil familias.

En Ciudad Juárez los árboles de nueces de los patios atraen a cientos de loros, ajenos a las barbaridades de los hombres. En Guadalajara, como en Ciudad Juárez, sugerí que, en momentos como el que vivimos, son más necesarios los hombres buenos que los hombres inteligentes, por eso lo más inteligente es hacerse a un lado, detenerse y meditar, porque si no nos apartamos seremos socios de esta locura. Llegará el día en que serán mayoría los que se aparten, entonces la Humanidad comenzara a cambiar.Hemos hablado mucho de nuestras diferencias, ya es hora de hablar de lo que tenemos en común, es decir la vida, por eso debemos buscar coincidencias, armonizar diferencias, que eso es la verdadera justicia.

En Guadalajara recordé a la Madre Teresa, que al pobre le labraba de esperanza y al rico de conversión, la esperanza, decía, salvará al pobre, y la conversión purificará al rico, la esperanza y la conversión acercarán a nuestros hermanos, y nosotros debemos trabajar para ese encuentro. En Monterrey, el Cerro de la Silla entraba por mi ventana, dejando atrás a una nube de palomas que hacía vibrar al horizonte, y más atrás volaba la poesía en el polvo del desierto que el viento caliente llevaba a la frontera donde chocan dos culturas que niegan necesitarse, y más acá, entre el cemento y el plástico, los noticieros se quedaban con lo peor de la realidad, por eso a los escritores solo nos quedaban por contar las misteriosas historias de los sueños, que no es poco porque si estamos atentos a nosotros mismos, un día seremos lo que soñamos. 

Alfonso El Magno, como le definió Juan Ramón Jiménez

Monterrey fue la tierra de Alfonso Reyes, que siempre me ilumina: Amarás a un objeto bello, a una flor, a un crepúsculo, a una mujer o a una canción, y el amor general de todos los objetos particulares hará que los ames sin desearlos, con perfecto desinterés: 1 flor se está bien 12 en su tallo, el crepúsculo en su tarde de otoño, la mujer en su sabroso misterio, la canción en la vaguedad del aire, entonces irás descubriendo que amas en las cosas algo superior a las cosas: la belleza en sí. Dichoso, bienaventurado mil veces quien pudiera contemplarla directa, pura y desnuda, entonces amará una idea: la idea, y los sentidos habrán sido tránsito para llegar a lo que solo se gusta con el alma.

Así le enseñaba a Sócrates una mujer de Matinea, cuyas doctrinas recogió Platón piadosamente. Juan Ramón Jiménez llamó Alfonso el Bueno a Alfonso Reyes, contaba Alfredo Gracia, librero de los que ya no hay, lector de todo lo que valía pena, atento a todo lo que tuviera que ver con el arte, amigo y devoto de Alfonso Reyes, que llegaba a su librería de Monterrey a conversar los libros que son una felicidad segura, diría Borges, que conoció a Reyes en Buenos Aires, adonde llegó como embajador, excelso embajador de México, pleno y libre de utilería, decía Alfredo Gracia, que lo citaba en los versos de la madurez: El poeta cumple el mandamiento, que es hacer razones con el sentimiento y dar en sentimiento las razones.

Eso decía Reyes, que era uno con sus letras, maestro que veneraba a Góngora, inevitable como las riquezas de Quevedo, y a Virgilio, riqueza e todos los pueblos latinos, Reyes, que proclamaba la solidaridad, que invitaba a seguir las huellas de los preclaros bajo la eterna vigilancia de los astros.


lunes, 27 de julio de 2015

LA BAJA CALIFORNIA (Literatura de Facundo Cabral)





LA BAJA CALIFORNIA
Autor: Facundo Cabral

En La Paz de la Baja California los cerros del desierto llegan al Mar de Cortés por donde van y vienen caballitos de mar, lobos marinos, focas, tiburones, delfines, mantarrayas, pulpos y orcas, y los pelícanos sobrevolándolos. Es un mar sereno, sin olas, como un gigantesco lago, tranquilidad que eligen las ballenas para parir, tranquilidad que solo interrumpen, una o dos veces al año, los huracanes.

Por allí anduvieron (hace catorce o quince mil años atrás) los pericúes, los guaycuras y los cochimíes, descendientes de los que llegaron desde Asia, que se extinguieron en el siglo dieciocho a pesar de la protección de los jesuitas, que habían llegado dos siglos antes, que fueron faros en medio del desierto de las iguanas y las serpientes.

Y cerca, en las islas del archipiélago Espíritu Santo, descansaban los lobos marinos entre pájaros y reptiles, y más allí los exuberantes salitrales de Guerrero Negro, donde alguna vez sospeché el otro lado de la vida.

En Mazatlán otra vez el mar, pero el Pacífico, que al sur, muy al sur, en la Isla de Pascua, y hace más de cuarenta años, me sedujo de tal manera que me quedé un año con la única compañía del Tao Te King, hojas de hierba y algunos textos sobre la alquimia que siempre me fascinó por su poder de conversión, y en esa larga meditación logré nacer de nuevo, definitivamente, es decir consciente de mi presencia en el mundo, y en esa luminosa alegría recuerdo haber escrito: Estoy presente, y todo sucede alrededor.

Cerca de Mérida, en el Yucatán de los mayas, hay un pueblecito donde el sol sale varias veces por día porque la niebla lo cubre por completo una y otra vez, donde las mujeres van detrás de los hombres en el día, y por la noche delante para guiarlos en su borrachera.

En Villa hermosa, en el estado de Tabasco, se forma el triángulo mágico con las pirámides de La Venta, Comal calco y Malpasito, es decir el encuentro de las culturas maya, zoque y otlmeca, que fue la cultura madre, la de las grandes cabezas de piedra, la de los altares rectangulares, la de las esculturas de hombres sentados, la de los seres sobrenaturales.

Tabasco también fue la frontera entre los aztecas y los mayas, y la patria del cacao, fruto-moneda que, convertido en chocolate en Europa, encantó al mundo, es más, México comenzó en Tabasco porque fue allí, en las márgenes del río Grijalba donde, en 1519, chocaron los españoles con los mayas, y allí, en Potonchán, se celebró la misa inaugural del catolicismo en América, y allí se fundó la primera villa, Santa María de la Victoria, y allí se escribió y se declaró el acta notarial del Mundo Nuevo, y allí Hernán Cortés recibió a Malitzin, mujer fundamental en la historia de México, allí, en ese trópico colorido, tierra de lagunas que cruzan tres ríos que, cuando se juntan y se desbordan por la lluvia, arrastran a los lagartos hasta los puentes y las calles de la ciudad, los lagartos que se comen a los perros, a los gatos, a las gallinas y a los cadáveres de los ahogados, y allí, entre ríos, pantanos y lagunas, siempre cuento el mundo caminado en el Esperanza Iris, el teatro que me abre sus puertas desde hace muchos años, allí, donde la Historia tiene tres mil años, contundente en ochocientos sitios arqueológicos, allí, en Tabasco, donde poetizó Carlos Pellicer: Más agua que tierra, aguaje para prolongar la sed, tierra que vive a merced del agua que sube y baja. Y esa tierra es tan rica que las iguanas van y vienen alrededor del teatro, y un poco más allá los flamencos rosados.


El sol incendiaba a las arenas blancas de Cancún y aturquesaba aún más al Mar Caribe, espléndido frente a mi balcón, éxtasis y tumba de los piratas que prefirieron el peligro de los mares a Las rutinas de la tierra, el Mar Caribe que puso a los delfines al alcance de mi mano a la caída del sol, que era la señal para que yo comenzara mi concierto recordando a Jesús: Cuando más de dos se junten en mi nombre yo estaré entre ellos, y esa noche fuimos mucho más que dos.

Los tiburones-ballena son tan afectuosos que más de una vez pudimos nadar alrededor de ellos con los pescadores con los que también anduve curioseando por los ríos subterráneos, uno de ellos el más largo del mundo, que comienza, o termina, en Tulum, una bahía tan hermosa como pequeña, donde vacacionaban los líderes mayas.

Alguna vez, en la cima de la pirámide principal de Chichen-Itzá recordé (a los gritos porque era para miles) un fragmento del Popol Vuh: Ser hombre no es fácil pues no nacemos para aumentar la confusión sino para aclarar misterios, que no nacemos para discutir con los dioses, sino para honrarlos, que no solo nacemos para gozar la belleza natural sino también para crearla, es decir para crear un bello mundo humano en la bella naturaleza, es decir para armonizar con ella, no para someterla.

Sabían los mayas que toda percepción física tiene un componente psíquico (diría Evola) que le da vida a esa percepción, una significación, sabían que las percepciones nos iluminan el camino, que son una cosa más entre las cosas. Para ellos, física, teología y psicología eran una sola cosa, misterios a los que nunca se atrevieron a ponerles nombre, para ellos la Naturaleza y el espíritu eran uno, por lo tanto un solo saber.En Uxmal siempre siento la presencia de esos hombres que supieron lo que todavía no sabemos, que midieron a los vados del infinito, que nos dejaron una fecha que asombra y aterroriza, hombres para los que las pirámides fueron nuestra biblioteca de Alejandría.

Allí están sus huellas en las arenas blancas, salvo que no querremos ver, allí los siento cuando me meto en los cenotes (los pozos de agua sagrados) o en las cuevas que están debajo de Isla Mujeres, donde los tiburones descansan de su guerra permanente. Más de una vez sentí latir a sus sombras en Cozumel, la isla más cercana a un continente, y las sentí como una revelación, sombras que conformaban una sola piedra, la filosofal, la que buscaban los primeros alquimistas, es decir los musulmanes, la piedra que transformaba en oro a los metales innobles (tenía razón Jung, el inconsciente entra en la oscuridad de la materia, por eso estoy viendo lo que queda ver, pero ¿no será esa la verdadera realidad?)

El teatro de Cancún, donde canté, está en un muelle frecuentado por pescadores de todo el mundo, un muelle casi literario de tan sofisticado, y con uno de esos pesadores ( griego ) desandamos proyecciones, hasta llegar a los alquimistas de la época alejandrina que, como los artistas, velan lo que quedan ver, y en esa transformación se transformaban: La ciencia comenzó con las estrellas, me recordó el griego, en las que comenzamos a imaginar a los dioses, es decir a nuestra fantástica necesidad, y en todos ellos, juntos, vimos al Zodiaco, donde imaginamos nuestras características, las diferencias que exigía el Tiempo, el más misterioso de nuestros inventos (diría Jung: Las proyecciones se repiten cada vez que intentamos investigar una oscuridad vacía, y la llenamos, involuntariamente, con figuras animadas).

Por un instante, en las muchas cosas vemos al uno, y eso confirma que, a veces, Dios ve a través de nosotros, entonces sentimos al todo que es el Universo, o como escribió Moisés en el Génesis: Verás los cuerpos que tenían Adán y Eva antes de la olida, y cómo era la serpiente, y qué era el árbol y cuáles los frutos que comieron, y dónde estaba el Paraíso, y qué era, y en qué cuerpos resucitarán los justos, no en los que hemos recibido de Adán sino en los que obtengamos por medio del Espíritu Santo, los que nuestro Salvador ha traído del Cielo.

domingo, 26 de julio de 2015

EL HURACÁN. (Literatura de Facundo Cabral)

EL HURACÁN

Autor: Facundo Cabral
Salimos de Cancún cuando el huracán se acercaba, y estaba claro en el movimiento de los pájaros, las palmeras y las aguas, tal vez por eso la noche anterior mi cuarto brilló como si el sol estuviera dentro, y las estrellas cayeron corno brasas encendidas alrededor de mi cama, y a la hora del desayuno me reencontré con el griego, que volvió a Moisés: Se dice que cuando el cuerpo se ha deshecho aparecen dos ramas (a veces tres o cuatro), o figuras de reptiles, o un hombre sentado en un estrado.

Sin duda, la tierra siempre produce algo, nunca deja de rendir sí nuestra imaginación está activa, como Hermes vio al viejo sabio sobre sus rodillas leyendo El libro de los secretos, o como lo imaginó el árabe unos siglos después, y así lo contó: Ví a un anciano, el más hermoso de los hombres, vestido con ropas blancas, leyendo El libro de los secretos, y cuando pregunté quién era, me dijeron: Es Hermes Tresmegistro.

Dice un antiguo libro que me permitieron ver en Alejandría: Al filósofo inteligente le ha sido permitido por Dios, en los caminos de la Naturaleza, hacer que aparezcan las cosas ocultas en la sombra, ver las cosas que los normales no ven, que solo ven los ojos del entendimiento y que la imaginación percibe con una mirada verdadera, la más verdadera.

Los ojos de mi espíritu fueron percibiendo chispas que al final se convirtieron en la gran luz que me ilumina todos los caminos (la serpiente es una con toda su cosmogonía cuando se mete en el agua, y yo lo siento en el escenario, donde soy una totalidad, entonces estoy afinado con el Universo). 

Después de Cancún canté en Atlixco, un delicioso pueblo colonial entre volcanes, y fue en el patio central de un convento del siglo diecisiete, y el concierto volvió a convenirse en una comunión de dos mil personas que llegaron de muchos pueblos, y después Hermosillo, que ardía (como siempre) en el medio del desierto de Sonora, el de los yaquis, donde alguna vez, en la Bahía de Kino, me junté con los vagabundos del Mar de Cortés, hombres que andaban a la deriva por las aguas, que de vez en cuando se juntaban en una isla rodeada por los tiburones (la Isla Tiburón) para conversar sus soledades, sus densas soledades, sus pescas insólitas y sus lecturas, luminosas y filosas como sus vidas, y por ahí cerca andaban los seris, antiguos habitantes de la isla, altos y silenciosos, fieles custodios de los grandes secretos de sus abuelos, me dijo al oído uno de los pescadores, enamorado de siempre y para siempre de las profundidades del mar y estudioso de lejanas mitologías, por ejemplo de Manu, el unicornio que crió a un pez que no dejó de crecer jamás, tanto que, durante el diluvio universal, Manu se salvó de ser arrastrado por las aguas atando su barca al gigantesco cuerno del pez, que estaba en la cima del Everest, Manu, el unicornio que existía por sí mismo, descendiente de Brahma, hombre-dios, señor de todo lo que existe a la vista y fuera de ella, el padre Manu, que engendró con su hija a la Humanidad, Manu, el primer sacerdote, el que para los budistas es el soberano de la Edad de Oro.


Me recordaba el pescador alzando sus brazos al cielo, hacia el sol que hacia arder a la tierra de los cactus y el venado, que doraba a los hombres a cincuenta grados sobre cero, como en el Sahara donde, en los años setenta, conviví con los tuareg, como en Marrakech, donde cambié fervores y maravillas con los hombres azules, como en el Mohave, donde en el polvo sentí el abrazo de los antiquísimos sioux, como en el Negev, donde escuché, por primera vez, arameo, la lengua de Jesús, en boca de los beduinos que iban y venían porque si, solo para afinar con el ritmo del Universo, que es el mismo de nuestro corazón.

Y del otro lado del desierto conocí a un maestro yaqui que tenía una escuela para desaprender, para borrarnos de la memoria las cosas que no nos servían para nada, y en Ciudad Obregón conocí a Erich Fromm, que fue, y sigue siendo una inspiración, como ese maravilloso vértigo que es México. 

sábado, 25 de julio de 2015

LA PATAGONIA (LITERATURA DE FACUNDO CABRAL)


LA PATAGONIA
Autor: Facundo Cabral
Mi primer desierto fue la Patagonia, donde descubrí a los mesurados y enigmáticos cantores que, sin laderos, se confesaban públicamente a través de la milonga, que es una declaración de principios, y después de nidos me senda mejor, honrado hasta el último hueso, como corresponde a un poseído, más por la ética que por la estética. La guitarra era la conciencia externa de esos áridos juglares que me envolvieron con una atmósfera mágica que no ha dejado de acompañarme, todavía no concibo una manera de orar más profunda.

La copla era la contraseña para llegar a los campesinos, orgullo de los cantores, principio y fin de su canto, que comenzaba cuando yo suponía acabados los caminos, y el día que escuché a la voz mayor, Atahualpa Yupanqui, supe que ese sería mi oficio.

En el desierto de Sonora senil al fuego purificador de la vida, por eso todo estaba quieto, reverencialmente quieto, hasta el viejísimo e interminable tren era más una visión que un hecho, un fantasma de hierros oxidados que solo por un instante rompió al silencio de ese desierto donde se quemó lo que me sobraba con solo cantarle a los misterios, donde fui nuevo de tan viejo, donde con cascabeles chinos me sumé a los cascabeles yaquis que le ponían ritmo a la danza del venado. 

El alimento de la vida eterna baja del Cielo, y sólo en el desierto lo entendemos, por eso la alegría de mi alma, la serena alegría de la que en cualquier momento volverá a ser parte de la inconmensurable alma del Universo, pensé en un momento porque los cuervos andaban cerca, como reclamando mi esqueleto.

Para un desalmado, me dijo un viejo yaqui, el mediodía en el desierto es el Infierno, el desierto donde hubiera bastado un solo golpe entre dos piedras para que surgiera el fuego, centro de toda ceremonia, el fuego donde regresan los dioses para poner a nuestras almas en orden, y esto lo sabe el coyote solitario, que solo se deja ver cuando encendemos el fuego, me dijo el viejo yaqui mientras se alejaba Ciudad Obregón y se acercaba Guaymas, donde continué la ceremonia que comenzó cuando dejé de pelear para comenzar a vivir, cuando dejé de acusar porque ya me habla perdonado, lo que me sucedió en México, donde dejé de buscar porque el más lo que encontraba.

En medio de los dioses que se quedaron quietos en las piedras me sucedió el fuego que los artistas llaman inspiración y yo revelación porque todo lo que sucede ya estaba escrito, ante todo el arte, que es la lengua original de Dios, y el desierto es el espejo donde me reencuentro con los tesoros, principalmente con la piedra filosofal, que me devuelve las alas que habla perdido en las estériles luchas de la vida cotidiana. A mitad de camino entre Ciudad Obregón y Guaymas está Vicam, y allí la milagrosa María Matas, una chamán yaqui que puede armonizar a cualquiera, que entra y sale de su cuerpo cuando se le da la gana, llena de poder desde el polvo de sus abuelos, misteriosamente anoticiados del primer hombre, al que los caldeos, los medos, los partos y los hebreos llamaron Adán, es decir tierra virgen, roja como la sangre en el lenguaje de los ángeles, según los hebreos, a los que Hermes tradujo al griego y al egipcio.

A María Manis la auxilian los cuatro elementos, con ellos no hay enfermedad ni tristeza que se pueda oponer, dice a sus muchos años, tal vez cien, calculan los que la rodean, tan cuidada como los manuscritos de la biblioteca de los Tolomeos donde estaba todo lo que fue desde el principio y todo lo que sucedió desde el primer hombre, que para ellos fue Thoyth, que estaba en todos los santuarios, como Osiris, el que era, según Mermes, tan de siempre que no se le conocía el origen, Osiris, al que la miel del Paraíso le concedió la inmortalidad, nos recordaba Turok en Alejandría, donde todavía los ancianos le llaman lugar de refugio a la mujer, que arde en el plexo solar para moldear la vida, nos dijo María Manis mientras le sacaban las sandalias para que recogiera el polvo en el que se convertirá, el polvo que volará en el viento por la eternidad. 


El desierto se tiñó de rojo a la puesta del sol, y en medio de ese grandioso espectáculo llegamos a Guaymas, que está a la vera del Mar de Cortés, siempre en el territorio de los yaquis, que fueron grandes guerreros, y hoy parte de mi vida. Lo que hoy es Hermosillo se llamó Pitic, que significa el encuentro de dos ríos, el de Sonora y el de San Miguel, asiento de los indios pimas, siempre hostigados por los seris, a los que conocí en la Isla Tiburón.

En los años setenta conocí a otros dos ríos, el de los mayas y el de los yaquis, una especie de Franja de Gaza precolombina, y en el medio de esa tierra conflictiva vi bailar, por primera vez, la danza del venado, que es el hombre metiéndose, devocionalmente, en el animal que para los yaquis es una bella gentileza de los dioses, entonces fui uno con los dos, y lo sigo siendo con la flora y con la fauna que me rodean, y a veces con el Universo, como en el concierto de Hermosillo, cuando la danza de las palabras fue rodeándolo todo, abrazando todo, entonces volví a sentir a la bendita semejanza, por eso pude ordenar la felicidad para todos, elevado por el viento que viene de siempre, que lleva al polvo con el que recrea el destino, el polvo donde son uno los cuatro elementos. 

viernes, 24 de julio de 2015

LUCIANO, GRAN AMIGO (Literatura de Facundo Cabral)

LUCIANO, GRAN AMIGO
Autor: Facundo Cabral

Con Luciano, el de la escuela de desaprender, siempre recordábamos a los griegos, que llamaban Epimeteo al primer hombre, que nunca aceptó los regalos de Zeus, como yo no acepto los dones que me cuelgan los demás, decía Luciano entre los dos ríos que eran uno cuando llegaban al mar, las alabanzas que me agobian, que me acortan los pasos, que me quitan libertad, decía mientras cosía los agujeros de la manta que lo abrigó durante años, y viéndolo yo pensaba: ¿Cuántas tierras formaron a este hombre? ¿Cómo llegó de tan lejos a esta tierra, tan propicia a sus vuelos?, porque en Luciano se juntaban Pascal y Pacal, Tutul Xiú y Voltaire, el Corán y el Popol Vuh, Hermes y el Chilam Balam.
Luciano era un viaje maravilloso de Egipto a Grecia, de Grecia a Roma, de Roma a Francia y de Francia al querido México, que es un Egipto contemporáneo, por sus luces y sus misterios, por la magia que vibra desde los cactus a las pirámides. Salimos de Hermosillo entre grillos gigantes y de color naranja que parcelan visitantes de otras galaxias a los que se les notaba una alta inteligencia, como a los delfines con los que tantas veces nadé en Puerto Vallarta y en Xcaret, donde mis canciones fueron más verdes que nunca y mi corazón más agradecido. 

Los Salmos y Whitman (que al fin y al cabo era un salmodista, como Francisco, el de Asís) me enseñaron a agradecer y a festejar de la manera más bella posible, por eso el Cantar de los Cantares sigue resonando en mis conciertos, por eso lo mío es religioso en el más amplio sentido de la palabra, y era previsible porque me enseñó a leer un jesuita, más aún, me enamoró de los libros, cajas de Pandora infinitas de tan profundas, los libros que me enriquecieron y me metieron en el mundo, los libros donde encontré a los siete dioses que se transformaron en los siete metales de la alquimia, y a las doce estrellas que antes fueron los doce apóstoles y hoy los doce meses, los libros donde vi transformarse a la tierra en agua, al agua en aire y al aire en fuego porque Dios habla hecho girar a la rueda de los elementos, la que gira por las cuatro estaciones del año y las cuatro regiones celestes, la rueda que se agranda y se convierte en La rueda solar, que tiene a los héroes como hijos dilectos.

Los libros me alertaron que el Cielo se repetirá en la Tierra hasta que la Tierra sea celestial, es decir espiritual, y el Cielo terrenal, y en esa unión estará concluida la obra de Dios. El círculo que describe el sol es la línea que vuelve a si misma (como la serpiente que se muerde la cola), lo que nos permite reconocer a Dios. 

En Tijuana recordé a Jung, que nos recordó que los extremos de la cruz corresponden a los cuatro puntos cardinales: el toro cretense fue hacia el sur, los caballos de Diomedes hacia el norte, los bueyes de Hipólito hacia el este y los de Gerión hacia el oeste. La vida es un viaje, y recordando el mío recuerdo los de Marco Polo, los de Enoc, los de Hermes y los de Alejandro, que descubrió el sepulcro de Hernies. En esa excitante punta de la línea que es Tijuana recordé a Prometeo, que fue un anticipo de Jesús, que es el centro de la cruz, es decir el centro del infinito, el centro de la vida.