sábado, 25 de abril de 2026

EL ABRAZO. Reflexión

EL ABRAZO

“El abrazo debería de ser recetado por los médicos pues, hay un poder curativo en el abrazo que aún desconocemos.
El abrazo cura el odio,
El abrazo cura los resentimientos,
El abrazo cura el coraje y los malos entendidos,
El abrazo cura el cansancio y cura la tristeza,
Cuando abrazamos soltamos amarras, perdemos en instantes las cosas que nos han hecho perder la calma,
El abrazo nos dá la paz en el alma,
Cuando abrazamos dejamos de estar a la defensiva y permitimos que el otro se aproxime a nuestro corazón, Los brazos se abren y los corazones se acurrucan de una forma única…!
No hay nada como un abrazo, Un abrazo de “Te amo”, un abrazo de “Qué bueno que estás aquí”, un abrazo de “Ayúdame”…! Un abrazo de “Hasta pronto”, un abrazo de “Perdóname” y de “Te perdono”, un abrazo de “Cuánto te extrañé”, abrazos…
Cuándo abrazamos somos más de dos, somos familia!, somos accesibles, somos sueños posibles…!
El abrazo debería, sí, de ser recetado por los médicos, pues rejuvenece el alma y el cuerpo.

DE MI PARTE TE ENVÍO MI ABRAZO GRANDOTOTE  CON MUCHO AFECTO !

viernes, 24 de abril de 2026

Un día un hombre llegó a casa...

Un día, un hombre regresó a casa después del trabajo y encontró a su esposa frente a la estufa. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y la llenó de besos, feliz de volver a verla.

Durante la cena, entre sonrisas y una charla ligera, el celular de ella vibró: era solo un mensaje de “buenas noches” de un amigo. Pero esa notificación bastó para incomodarlo. Sin decir una palabra, él se levantó de la mesa, dejó la cena intacta y se encerró en la recámara.

Ella, dolida, decidió no ir tras él. “No es un niño”, pensó. Terminó de cenar sola y, en silencio, se metió a la cama, dándole la espalda.

En plena madrugada, un malestar repentino la sorprendió. Intentó despertarlo tocándole el brazo, pero él, molesto, apartó su mano sin siquiera mirarla. Instantes después, un infarto le robó el aliento.

Por la mañana, él se levantó como de costumbre. Al verla aún en la cama, pensó que seguía enojada y se fue sin despedirse. Más tarde, al pasar por el centro, vio un reloj que le pareció perfecto para ella. Lo compró, decidido a reconciliarse esa misma noche.

Pero al regresar a casa encontró la mesa tal como la habían dejado. Y a ella, inmóvil en la cama. Al acercarse, comprendió que ya era demasiado tarde.

Se derrumbó, devastado. Consumido por el arrepentimiento. Por las palabras que no dijo, por el abrazo que negó, por haber dejado que el orgullo hablara en lugar del corazón.

Reflexión

¿Cuántas veces permitimos que el orgullo nos lastime? ¿Cuántas veces posponemos un “perdón” o un “te quiero”, creyendo que siempre habrá tiempo? Pero el tiempo no siempre nos espera. La vida es frágil. Cada palabra cuenta. Cada gesto es una oportunidad.

No esperemos a que ya no podamos arreglar lo que importa. Vivamos con amor, perdón y honestidad… antes de que sea demasiado tarde.

Crédito al autor correspondiente.
Comodidad.



miércoles, 15 de abril de 2026

DESPUES DE LOS SESENTA. Reflexión

¿Sabes lo que se siente cuando llegas a los 64 años y te das cuenta que nunca hiciste lo que querías? Te voy a decir: se siente como si hubieras vivido la vida de otro. Trabajas 40 años. Ahorras. Piensas "cuando me jubile voy a viajar, voy a conocer el mundo, voy a vivir". Llega la jubilación. Le dices a tu esposa "vámonos a viajar". Y te dice "no, yo no quiero andar de un lado a otro. Ya estamos grandes para eso".

¿Y entonces qué? ¿Te quedas sentado esperando a morirte?

Eso es lo que me preguntaba hace dos años. Tengo 66 años. Trabajé 40 años como ingeniero civil. Me jubilé a los 64. Tenía ahorros. Tenía tiempo. Tenía ganas de conocer el mundo.

Le dije a mi esposa Ofelia "vamos a Perú, a Machu Picchu, siempre quisimos ir". Me dijo "ay Damián, ya estamos grandes. ¿Para qué? Mejor quedémonos tranquilos aquí".

Le dije "¿y qué vamos a hacer aquí?" Me dijo "ver televisión, visitar a los hijos, ir al parque. Lo normal".

Pero yo no quería "lo normal". Quería vivir.

Pasaron tres meses de mi jubilación sentado en la sala viendo televisión. Un día le dije "Ofelia, me voy a ir a Perú. ¿Vienes conmigo?" Me dijo "no. Y si tanto quieres irte, vete solo".

Lo dijo enojada. Como regaño. Como "a ver si te atreves".

Pero yo sí me atreví.

Compré mi boleto. Hice mi maleta. El día que me iba Ofelia me dijo "¿de verdad te vas?" Le dije "sí". Me dijo "¿y qué va a decir la gente? ¿Qué voy a decir yo cuando me pregunten dónde estás?" Le dije "diles la verdad. Que me fui a vivir".

Me fui. Solo. Con mi mochila. Con mis medicinas. Con mi cámara.

Hace dos años conocí Machu Picchu. Caminé por Cusco. Hablé con gente de todo el mundo. Otros viajeros. Algunos de mi edad. Otros más jóvenes. Todos viviendo.

Regresé a México dos semanas después. Ofelia estaba molesta. Me dijo "¿ya se te quitó lo loco?" Le dije "no. Ahora voy a ahorrar para el siguiente viaje".

Pasaron seis meses. Ahorré. Planifiqué. Le dije a Ofelia "me voy a Colombia". Se puso molesta. Me dijo "Damián, pareces adolescente. Da pena que un señor de tu edad ande solo de un lado a otro". Le dije "a mí me da pena haber esperado 64 años para empezar a vivir".

Me fui a Colombia. Dos semanas. Conocí Cartagena. Bogotá.

Regresé. Esperé cuatro meses. Ahorré otra vez. Me fui a Argentina. Dos semanas.

Luego, tres meses después, me fui a Chile.

En cada viaje conocía gente. Viajeros solitarios como yo. Señores y señoras de 60, 70 años viajando solos. Viviendo.

Hace un año regresé de Chile. Ofelia me estaba esperando. Pero esta vez no me regañó. Me vio bronceado, feliz, vivo. Me dijo "te ves diferente". Le dije "estoy diferente. Estoy vivo".

Me preguntó "¿y no te sientes solo viajando así?" Le dije "a veces. Pero me siento más solo sentado en la sala viendo televisión".

Hace seis meses me fui a España. Ahorré durante ocho meses para ese viaje. Caminé el Camino de Santiago. 800 kilómetros caminando. A mis 65 años. Conocí a un señor francés de 72 años que también iba solo. Me dijo "empecé a viajar a los 65. Me arrepiento de no haberlo hecho antes".

Hace tres meses regresé de Portugal. Ofelia me recibió diferente. Me abrazó. Me dijo "te extrañé". Platicamos. Le mostré fotos. Le conté historias.

Me dijo "Damián, yo pensé que esto iba a ser temporal. Que te ibas a cansar. Pero veo que no". Le dije "no me voy a cansar. Esto es lo que quiero hacer con el tiempo que me queda".

Me dijo "¿y yo qué? ¿Me voy a quedar sola aquí mientras tú andas por el mundo?" Le dije "tú me dijiste que me fuera solo. Yo te invité desde el principio".

Se quedó callada.

Esta semana compré boletos para Japón. Llevo cuatro meses ahorrando para este viaje. Me voy en dos meses. Ofelia me preguntó "¿y yo?" Le dije "si quieres ir, vienes. Si no, me voy solo. Pero yo sí voy".

Me dijo "déjame pensarlo".

¿Sabes qué descubrí viajando solo a los 64 años?

Que puedes ser feliz sin depender de que alguien más quiera lo mismo que tú. Que la vida no se acaba a los 60. Que todavía hay mundo por conocer. Que todavía hay vida por vivir.

Ofelia está pensando si va a Japón conmigo. Si va, perfecto. Si no va, igual voy.

Porque pasé 64 años viviendo para otros. Ahora me toca vivir para mí 

¿Alguno de ustedes ha viajado solo después de los 60? ¿Se han atrevido a hacer algo aunque su pareja no quiera? ¿Creen que es egoísta o es necesario?
Encontrado en la red

miércoles, 8 de abril de 2026

TU MADRE NO ES TU ENEMIGA

A veces creemos que nuestra madre es dura, que nos regaña demasiado o que no nos entiende. pero con el tiempo uno descubre que muchas de esas palabras no nacían del enojo, sino del amor. 

cuando el mundo te cierra las puertas, cuando los amigos desaparecen y cuando muchos te dan la espalda, hay alguien que sigue ahí, esperando con los brazos abiertos: tu madre. 

ella no es perfecta, pero su amor es de los pocos que no se rinde. te corrige para que no te pierdas, te aconseja para que no caigas y, aunque a veces no estés de acuerdo, su mayor deseo es verte bien. 

valora a tu madre hoy, escúchala y abrázala mientras la tienes. porque el día que falte, muchos entenderán que nunca tuvieron una enemiga… sino a su mejor defensora. 

NO HAGAS DE TU MADRE TU CARGA DIARIA


NO HAGAS DE TU MADRE TU CARGA DIARIA
Hay algo que deberías entender antes de que sea tarde:
tu madre no está en este mundo para servirte eternamente.
No nació para recoger tu desorden,
ni para cocinar mientras tú descansas,
ni para seguir lavando tu ropa cuando ya tienes edad para hacerlo tú mismo.
Ella ya cumplió su parte.
Ya se levantó de madrugada cuando tú llorabas.
Ya trabajó sin descanso para que no te faltara nada.
Ya pospuso sueños, descanso y hasta su propia salud por verte crecer.
Y ahora que sus manos tiemblan un poco más,
¿vas a llenarlas otra vez de peso?
El amor no se demuestra dejando que ella siga cargando lo que tú puedes sostener.
El amor se demuestra aligerándole la vida.
Haciéndole sentir que su esfuerzo no fue en vano.
Una madre no necesita discursos largos.
Necesita respeto diario.
Necesita descanso.
Necesita que la mires como la mujer que dio todo por ti, no como la persona que “siempre tiene que hacerlo”.
Porque lo más triste no es que envejezca.
Lo más triste es que envejezca sintiéndose invisible en su propia casa.
Honrarla no es un detalle del calendario.
Es una actitud constante.
Y recuerda algo:
el día que ya no esté,
no habrá disculpas que alcancen
para compensar lo que no hiciste cuando aún podías.
Cuídala hoy.
Respétala hoy.
Aligérala hoy.
Porque mañana… puede ser demasiado tarde.

Dicen por ahí...

A mi no me ha pasado, y espero que de vieja no me pase. Dios los bendiga.

Dicen por ahí que los Judas modernos ya ni se arrepienten ni se cuelgan de un árbol… ¡no, hombre! Ésos evolucionaron.
Ahora no se cuelgan… se acomodan.
Se acomodan en tu mesa, agarran silla, plato, tortilla y hasta repiten el guisado.

Porque el Judas de antes, por lo menos, tuvo la decencia de sentir culpa.
El de ahora no.
El de ahora te traiciona, se limpia la boca con la servilleta y todavía pregunta si hay postre.
¡Qué nivel de descaro!
Y uno de menso pensando:
“¡Ay qué buena gente, siempre viene a visitarme!”

Pues sí…
pero no venía a visitarte, venía a checar qué tanto podía llevarse:
tu confianza, tus secretos, tu paciencia…
y si se descuidaba uno, hasta el tupper del guiso.
Porque el Judas moderno no anda por la vida con cara de villano.
¡No!
Es simpático, te dice “hermana”, “comadre”, “amiga de la vida”.

Pero mientras te abraza…
ya te está midiendo la espalda para ver por dónde clavar el cuchillo.

Y lo más curioso es que después de la puñalada
se ofenden si uno se aleja.
—“Ay, ya cambiaste mucho…”
¡Pues claro!
¡Después de que me usaste de colador, cómo no voy a cambiar!

Pero ¿sabes qué es lo más chistoso de todo?

Que esos Judas modernos creen que uno no se da cuenta…
y sí nos damos cuenta.

Nomás que a veces uno guarda silencio…
porque la vida es muy sabia.

Y tarde o temprano cada Judas termina sentado… pero en la mesa que él mismo ensució.

Y ahí sí…
ya no hay pan,
ya no hay vino,
y lo único que queda servido…
es el plato de lo que sembraron.
🍂🪻🫟☕️©️Milka MagTorre
#soymilkamagtorre
#noborreselautor

EN UN PEQUEÑO PUEBLO...

HERMOSA REFLEXIÓN… SIMPLEMENTE INOLVIDABLE 

Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo, vivía un viejo burro que había dedicado toda su vida al trabajo.
Desde joven, sirvió con fidelidad a su dueño, un granjero llamado Marco.

Era fuerte, resistente y noble.
Cada día cargaba sacos pesados, araba la tierra y ayudaba a transportar la cosecha.
Y al terminar la jornada, Marco le daba unas palmaditas en el lomo y le decía con cariño:

— Eres el mejor, amigo mío. Sin ti, todo sería más difícil.

El burro no entendía las palabras…
pero sí sentía la calidez de aquella voz.
Y eso bastaba para llenar su corazón.

Pasaron los años.
El tiempo, que no perdona a nadie, empezó a dejar huellas en su cuerpo.
Sus patas ya no eran tan firmes, su espalda dolía, y cada esfuerzo le costaba más.
Aun así, seguía adelante.
Sin quejarse.
Sin detenerse.
Porque había aprendido que su deber era servir.

Pero un día tropezó y no pudo sostener los sacos de harina.
Marco lo miró con preocupación y murmuró:

— Estás envejeciendo, viejo amigo…

Poco tiempo después, el granjero llevó al establo a una mula joven.
Fuerte, veloz, llena de energía.
Ahora era ella quien hacía el trabajo pesado, quien arrancaba elogios, quien recibía las miradas de orgullo.

Y el viejo burro… quedó a un lado.

Ya no había caricias en el lomo.
Ya no había palabras amables.
Nadie lo regañaba… pero tampoco lo notaban.
Cada vez lo alimentaban menos, porque para muchos, cuando alguien ya no produce, parece dejar de tener valor.

Entonces el burro empezó a quedarse en silencio, en un rincón del patio, observando cómo el dueño acariciaba con admiración a la joven mula.

Y en su tristeza pensó:

— Todo terminó… ya no soy necesario.

Pero la vida siempre encuentra la forma de revelar el verdadero valor de las cosas.

Llegó el invierno.
Una noche, una tormenta feroz cayó sobre el pueblo.
El viento rugía, la nieve cegaba y el frío parecía partir la tierra en dos.

De pronto, se escuchó un ruido extraño afuera.

Marco salió corriendo… y descubrió que la joven mula había huido asustada en medio de la tormenta.
Sin ella, no había manera de llegar a la ciudad por provisiones.

Desesperado, miró alrededor…
y entonces vio al viejo burro, quieto en la esquina, soportando el frío, soportando la nieve, observando en silencio como si ya supiera que aquel momento iba a llegar.

Marco se acercó lentamente.
Esta vez no con orgullo… sino con humildad.
Le acarició el lomo y le dijo en voz baja:

— Tú recuerdas el camino… Siempre supiste a dónde ir.

El viejo burro levantó la cabeza.

Y en sus ojos no había rencor.
No había reproche.
No había resentimiento.

Solo lealtad.

Entonces avanzó.
Despacio, sí…
pero con firmeza.
Pisando con cuidado, esquivando baches, reconociendo cada sendero como si el tiempo no hubiera podido borrar la memoria de su corazón.

Ya no tenía la fuerza de antes.
Su cuerpo estaba cansado.
Sus huesos dolían.
Pero su alma seguía siendo fiel.

Y no falló.

Gracias a él, lograron regresar con los suministros al pueblo.

Fue entonces cuando Marco entendió algo que nunca había comprendido de verdad:

La fuerza no siempre está en la juventud.
La fuerza no siempre está en el cuerpo.
A veces, la fuerza más grande está en la lealtad, en la experiencia y en el corazón de quien nunca dejó de darlo todo… incluso cuando dejaron de valorarlo.

Desde aquel día, el viejo burro ya no cargó sacos pesados.
Pero cada invierno iba al frente del carro, guiando el camino, porque había cosas que ni la edad ni el olvido podían borrar.

Y Marco jamás volvió a ignorarlo.

Ahora era él quien le llevaba la comida con sus propias manos, y muchas veces, mientras lo acariciaba con ternura, le susurraba:

— Perdóname, viejo amigo… fui un tonto. Siempre fuiste leal.

Y el burro, en silencio, cerraba los ojos y masticaba su heno con tranquilidad.

Porque ahora, por fin, sabía algo que nunca debió haber dudado:

seguía siendo necesario. 

Moraleja 

Cuando alguien envejece, muchas veces deja de ser visible para los demás.
Pero la lealtad, la dedicación, la experiencia y un corazón noble… no envejecen jamás.

A veces, aquellos que el mundo cree “inútiles” o “innecesarios”,
terminan siendo los más valiosos de todos. 

miércoles, 1 de abril de 2026

Jueves Santo. ¿Qué se celebra?

El Jueves Santo conmemora la Última Cena de Jesús con sus apóstoles, donde instituyó la Eucaristía (pan y vino como su cuerpo y sangre). También se celebra la institución del sacerdocio, el lavatorio de los pies como ejemplo de servicio y la oración en el huerto de Getsemaní antes de su arresto.
  • Misa de la Cena del Señor: Marca el inicio del Triduo Pascual, conmemorando la Eucaristía
    .
  • Lavatorio de pies: Gesto de humildad y amor fraternal realizado por Jesús.
  • Visita a los siete templos: Tradición de visitar siete iglesias para acompañar a Jesús en su recorrido hacia la crucifixión.
  • Institución del Sacerdocio: Se conmemora que Jesús ordenó a sus apóstoles celebrar la Eucaristía en su memoria.