viernes, 24 de abril de 2026

Un día un hombre llegó a casa...

Un día, un hombre regresó a casa después del trabajo y encontró a su esposa frente a la estufa. Se acercó por detrás, la rodeó con los brazos y la llenó de besos, feliz de volver a verla.

Durante la cena, entre sonrisas y una charla ligera, el celular de ella vibró: era solo un mensaje de “buenas noches” de un amigo. Pero esa notificación bastó para incomodarlo. Sin decir una palabra, él se levantó de la mesa, dejó la cena intacta y se encerró en la recámara.

Ella, dolida, decidió no ir tras él. “No es un niño”, pensó. Terminó de cenar sola y, en silencio, se metió a la cama, dándole la espalda.

En plena madrugada, un malestar repentino la sorprendió. Intentó despertarlo tocándole el brazo, pero él, molesto, apartó su mano sin siquiera mirarla. Instantes después, un infarto le robó el aliento.

Por la mañana, él se levantó como de costumbre. Al verla aún en la cama, pensó que seguía enojada y se fue sin despedirse. Más tarde, al pasar por el centro, vio un reloj que le pareció perfecto para ella. Lo compró, decidido a reconciliarse esa misma noche.

Pero al regresar a casa encontró la mesa tal como la habían dejado. Y a ella, inmóvil en la cama. Al acercarse, comprendió que ya era demasiado tarde.

Se derrumbó, devastado. Consumido por el arrepentimiento. Por las palabras que no dijo, por el abrazo que negó, por haber dejado que el orgullo hablara en lugar del corazón.

Reflexión

¿Cuántas veces permitimos que el orgullo nos lastime? ¿Cuántas veces posponemos un “perdón” o un “te quiero”, creyendo que siempre habrá tiempo? Pero el tiempo no siempre nos espera. La vida es frágil. Cada palabra cuenta. Cada gesto es una oportunidad.

No esperemos a que ya no podamos arreglar lo que importa. Vivamos con amor, perdón y honestidad… antes de que sea demasiado tarde.

Crédito al autor correspondiente.
Comodidad.



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