viernes, 31 de marzo de 2017

Facundo Cabral


La voz —un insecto enhebrado en los párpados de la estática— llega a través del teléfono.

—Yo… ocho idiomas… después… shock… 1978… mi hija… mi mujer… avión… me olvidé de hablar.

En algún lugar, al sur de la provincia de Buenos Aires, un auto atraviesa la ruta y un hombre masculla —la voz sedosa, monocorde— lo que ha dicho tantas veces, con el tono de quien lo dice por primera vez: quien lo revela.

—Perdí…. vista… sillón de ruedas… dos años.

La voz, pulverizada entre los dedos de la interferencia, dice llamame, dice viernes, dice Buenos Aires.

—Llamame… viernes… Buenos Aires.

Alguien —el conductor: alguien— advierte «Se va a cortar, Facundo».

Y, efectivamente, la comunicación se corta.

Viernes. Buenos Aires. El hombre —camisa de jean, saco azul, gafas marrones, bastón de madera— tiene 70 años y manos cálidas, jóvenes.

—Decime si hay algún pozo. Yo sólo puedo mirar hacia adelante. No puedo ver hacia abajo o hacia arriba.

El bastón de madera palpa las baldosas de la Plaza San Martín, una de las zonas más elegantes de la ciudad.

—¿Me acompañás a pagar el teléfono?

El teléfono. El hombre, que vive a tres cuadras de esta plaza, en un cuarto de hotel que compró veinte años atrás, sólo puede llamarse dueño de alguna ropa, de algunos libros, de este teléfono.

—No me gusta tener cosas que cuidar. Soy muy egoísta. Por eso vivo en un hotel. Tengo veinticuatro horas para mí.

—Disculpe, ¿usted es de Tandil? –pregunta una mujer que pasa.

El hombre dice sí.

—Sí...

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