viernes, 6 de abril de 2018

EL LIBRO DE JUAN FRANCISCO (Parte 5) Facundo Cabral. Transcripción Juana Macedo



Los griegos que en un valle paradisiaco tenían a Delfos el oráculo que sabía lo que vendría, el mañana de esos hombres que nos abrieron todas las puertas, que nos legaron todo, desde las matemáticas a la filosofía, desde la medicina al teatro, hasta el diálogo donde iluminamos una idea de dos lados diferentes desde distintos puntos, el diálogo que no busca un vencedor sino un ascenso, un maravilloso juego donde nos enriquecemos los dos, el otro sacando lo mejor de uno y uno sacando lo mejor del otro. 

El oráculo era una estatua que representaba a un Dios, que en Delfos hablaba a través de una pitonisa, que era una mujer elegida por el Dios para contar el futuro. La ciudad de Olimpia estaba echa de oro y marfil en homenaje a Zeus y alrededor de ella sucedieron los primeros grandes juegos de la humanidad, las Olimpiadas que se celebraban cada cuatro años, donde competían los mejores atletas de las Islas griegas y de Roma y el triunfo era para halagar a sus Dioses para honrarlos sobre los Dioses del contrincante o acercarlos para la gloria de todos, por eso guardaban el sudor de los deportistas al que le adjudicaban poderes mágicos. 

Además de Delfos estaba el óraculo de Apolo a la que la gente llegaba de lugares muy lejanos para aclarar asuntos políticos de Estado y personales, pero el Oráculo hablaba una lengua que nadie entendía por eso había un profeta traduciendo, profeta es el hombre inspirado por Dios, por eso ve más allá que nosotros. Cuentan que un gran rey preguntó ¿Debo ir a la guerra? Y el Oráculo le contestó: Si vas a la guerra destruirás un gran reino. Y el rey fue a la guerra y su reino fue destruido.

Apolo era el Dios de la belleza del amor y como hombre el más bello fuerte y rápido, un gran atleta y un gran cantante, el que al enamorarse de Casandra, princesa de Troya, provocó una guerra que cambió el curso de la historia, la guerra que logró que todos los griegos se unieran para pelear contra los troyanos, a los que siguieron durante 10 años hasta que apareció la gran idea, dejar un gigantesco caballo de madera ante la inexpugnable puerta de la ciudad, como un presente al rival, un obsequio que confirmaba la retirada y cuando los Troyanos lo entraron a la ciudad, lo festejaron hasta caer rendidos en la madrugada, lo que aprovecharon los griegos al mando de Uliseo, al que también llamamos Ulises para salir del caballo y abrir la gran puerta para que entrara su ejército y acabar con todos... (Sigue 6)

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