domingo, 25 de enero de 2026

Un millonario despidió a 37 niñeras...

**Un millonario despidió a 37 niñeras en solo dos semanas, hasta que una trabajadora doméstica hizo lo que nadie pudo por sus seis hijas**

En apenas catorce días, treinta y siete niñeras habían huido de la mansión **Hernández**, ubicada en una colina con vista al mar en **Tijuana**. Algunas se fueron llorando. Otras salieron gritando que jamás regresarían, sin importar el sueldo.

La niñera más reciente escapó con el uniforme rasgado, pintura verde embarrada en el cabello y el terror congelado en los ojos.

—¡Este lugar es el infierno! —gritó al guardia cuando el portón de hierro se abrió—. ¡Díganle al señor Hernández que contrate a un exorcista, no a una niñera!

Desde la ventana de su oficina en el tercer piso, **Javier Hernández** vio cómo el taxi desaparecía por el camino largo y arbolado. A sus treinta y seis años, el fundador de una empresa tecnológica valía miles de millones de pesos, pero el cansancio se le pegaba a la piel. Se pasó la mano por el rostro sin afeitar y miró la foto enmarcada sobre la pared.

**Lucía**, su esposa, sonriendo. Sus seis hijas apretadas a su alrededor.

—Treinta y siete en dos semanas… —murmuró—. ¿Qué hago ahora? Ya no logro alcanzarlas.

Su celular vibró. Era **Santiago**, su asistente.

—Señor, todas las agencias de niñeras ya pusieron la casa en lista negra. Dicen que la situación es imposible… incluso peligrosa.

Javier exhaló lentamente.

—Entonces ya no habrá niñeras.

—Hay una opción más —añadió Santiago—. Una trabajadora de limpieza. Al menos para ordenar la casa mientras vemos qué hacer.

Javier miró el jardín: juguetes rotos, plantas arrancadas, ropa tirada por todos lados.

—Hazlo. Cualquiera que esté dispuesta a entrar a esta casa.

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Al otro lado de la ciudad, en **Otay**, una joven de veinticinco años llamada **Natalia Delgado** se amarraba el cabello rizado en un chongo apurado. Hija de migrantes, limpiaba casas de día mientras estudiaba psicología infantil por las noches.

A las 5:30, su teléfono sonó.

—Tenemos un trabajo de emergencia —dijo la encargada de la agencia—. Mansión en Tijuana. Pago doble. La necesitan hoy.

Natalia miró sus tenis gastados, la mochila vieja y el aviso de colegiatura vencida pegado en el refrigerador.

—Mándeme la dirección. Ahí estaré.

No tenía idea de que se dirigía a la casa donde nadie duraba más de un día.

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La mansión Hernández se veía impecable por fuera. Tres pisos. Ventanales amplios. Jardín con fuente. Vista a la ciudad. Pero por dentro reinaba el caos. Grafitis en las paredes. Trastes acumulados. Juguetes por todo el suelo.

El guardia abrió la reja con lástima en los ojos.

—Que Dios la acompañe, señorita.

Javier la recibió en su oficina. No se parecía en nada al hombre seguro que aparecía en revistas.

—La casa necesita una limpieza profunda —dijo—. Mis hijas están… pasando por algo difícil. Le pagaré triple. Empiece hoy.

—¿Solo limpieza? —preguntó Natalia con cuidado.

—Solo limpieza —respondió él, no del todo honesto.

Un golpe resonó en el piso de arriba. Luego risas.

Javier asintió.

Las seis niñas estaban en la escalera como centinelas. **Camila**, doce años, mentón en alto. **Renata**, diez, el cabello mal cortado. **Isabela**, nueve, mirada afilada. **Julia**, ocho, con olor a orina. Las gemelas **Paula** y **Mía**, seis, sonriendo demasiado. Y **Lola**, de tres, abrazando una muñeca rota.

—Soy Natalia —dijo con calma—. Vengo a limpiar.

Silencio.

—No soy niñera —añadió.

Camila dio un paso al frente.

—Treinta y siete —dijo con frialdad—. Tú eres la número treinta y ocho.

Las gemelas rieron.

Natalia reconoció esa mirada. Ella misma la había tenido después de perder a su hermana.

—Entonces empezaré en la cocina —respondió.

El desastre era abrumador, pero el refrigerador la detuvo. Las fotos mostraban a una mujer sonriendo con seis niñas en la playa. Otra la mostraba frágil, en una cama de hospital, sosteniendo a Lola.

—Lucía… —susurró Natalia.

Se le cerró la garganta. Recordó el incendio que se llevó a su hermana. Entendía el dolor.

Dentro del refrigerador encontró una lista escrita a mano:

*Comidas favoritas de las niñas.*

**Continuará…** 


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