sábado, 27 de diciembre de 2025

Cuanto valor se necesita para tomar una decisión...

Leí está historia y me pregunto... 
Cuánto valor se necesita para tomar una decisión así... 
¿Soy la mala por irme de mi propia boda y pedir la anulación después de cortar el pastel?
Todavía tiemblo cuando recuerdo ese momento.
El salón estaba perfecto. Las luces creaban esa atmósfera mágica que había imaginado durante meses y todos nuestros seres queridos nos rodeaban con sonrisas cómplices. Hasta ese instante, todo había sido un día de ensueño.
—Amor, una cosa —le dije a Marco semanas antes, mirándolo directo a los ojos mientras planeábamos cada detalle—. Una sola regla que necesito que respetes. Por favor, no me embarres la cara con el pastel. Es lo único que te pido.
Él rió, me besó la frente y respondió con ternura:
—Tranquila, mi vida. Te lo prometo. Sé lo importante que es para ti.
Pero ahí estábamos. Frente a ese pastel de tres pisos decorado con flores de azúcar que mi mamá había ayudado a elegir. La fotógrafa lista. Los celulares en alto. Tomamos el cuchillo juntos y cortamos la primera rebanada entre aplausos.
Entonces lo vi en sus ojos.
Esa chispa traviesa. Esa mirada cómplice hacia su hermano, que ya estaba grabando. El tiempo se ralentizó.
—Marco, no… —alcancé a susurrar.
Pero ya era tarde.
Sentí el golpe frío y húmedo del pastel estrellándose contra mi cara con fuerza. El betún me entró por la nariz. La crema se deslizó por mi cuello, manchando el encaje del vestido que mi abuela había bordado a mano. El maquillaje de dos horas quedó reducido a un desastre pegajoso.
—¡SORPRESA! —gritó él entre carcajadas, mientras sus amigos estallaban en risas y aplausos.
Me quedé paralizada.
Sentía todas las miradas encima de mí. Algunas personas reían incómodas; otras dejaron de hacerlo al ver mi expresión. Las lágrimas comenzaron a brotar, mezclándose con el betún rosado que me cubría el rostro.
—Amor, es solo una broma —dijo Marco, todavía sonriendo, intentando limpiarme—. No te enojes. Es tradición.
—Me lo prometiste —susurré, con la voz rota—. Te lo supliqué.
—Ay, no seas dramática. Es solo un poco de pastel…
Algo se rompió dentro de mí.
No era el pastel.
Era la promesa rota.
La humillación frente a todos.
La certeza de que mi voz no había importado cuando sus amigos lo presionaron para “hacer la broma épica”.
Me giré, forcé una sonrisa que seguramente parecía más una mueca y caminé hacia el baño con la cabeza en alto, mientras las lágrimas caían sin permiso. Mi dama de honor me siguió, pero le pedí que me dejara sola.
Me miré al espejo.
El rímel corrido. El vestido manchado. La cara cubierta de crema.
Pero lo que más dolía era verme a los ojos y reconocer que acababa de casarme con alguien que había ignorado mi única petición por unas risas.
Respiré profundo. Me limpié como pude y salí decidida.
Busqué a mi papá entre la multitud. Él ya venía hacia mí, preocupado.
—Papá —le dije, con la voz temblorosa pero firme—. Necesito que saques a Marco del salón. Ahora.
—¿Qué? Mija, ¿qué pasó?
—Por favor. Confía en mí. Esto terminó.
Mi padre me conoce desde que nací. Vio la determinación en mis ojos y asintió. Habló con dos de mis tíos y, entre los tres, escoltaron a un Marco completamente confundido hacia la salida, mientras yo pedía al DJ que detuviera la música.
—Lamento informarles que la celebración ha terminado —anuncié con voz clara, a pesar del nudo en la garganta—. Gracias por venir. Los amo a todos.
La confusión era total. Algunos pensaron que era parte de alguna dinámica. Mi mejor amiga corrió hacia mí.
Al día siguiente, con el vestido colgado como un fantasma en mi habitación, llamé a mi abogado.
—Quiero anular el matrimonio —dije sin rodeos.
—¿Anular? ¿Estás segura? Te casaste ayer…
—Exactamente. Por eso califico para anulación. Diez minutos de matrimonio fueron suficientes para confirmar que cometí un error.
Hoy, dos semanas después, mientras espero que se procesen los papeles, mi teléfono no deja de sonar.
La familia de Marco dice que soy exagerada, que destruí un matrimonio por “una bromita”.
Algunos amigos creen que debí “comunicarme mejor” o “darle una oportunidad”.
Mi mamá me apoya, pero me pregunta si realmente fue tan grave.
Hasta mi hermana dice que quizá actué impulsivamente.
Pero yo sigo viendo esa mirada en sus ojos.
Esa decisión consciente de ignorar lo único que le pedí que no hiciera.
El día más importante de mi vida.
Por aprobación. Por risas. Por quedar bien con otros.
Entonces… ¿soy la mala por irme de mi propia boda y pedir la anulación porque mi esposo rompió la única regla que le había puesto?
Créditos: Gisel Domínguez

No hay comentarios.:

Publicar un comentario