Dicen que el cordón umbilical se corta al momento de nacer.
Pero cualquier mamá lo sabe bien: esa conexión jamás se rompe.
Cuando el hijo llora, a la madre se le aprieta el corazón.
Cuando al hijo le duele algo, ella lo siente en cada fibra de su ser.
Y cuando el niño se ríe, el alma se le llena de pura alegría.
Existe ese hilito invisible que nadie puede ver.
Está tejido de puro amor, de instinto de madre, de pendientes y de rezos en silencio.
Es ese mismito hilo el que la hace sobresaltarse y despertarse a mitad de la noche.
Es por eso que le susurra al papá: «Ve a echarles un ojo a ver cómo están…», aunque los muchachos ya peinen canas desde hace un buen.
Es por eso que cuando te dice «vete con cuidado», no es nomás un consejo… es su manera de encomendarte a Diosito.
Ella se puede quedar en desvelo, con el corazón abierto de par en par, cuidándolos con su amor a través de los años, de la distancia y por encima de todo en esta vida.
Porque ser madre no tiene fecha de caducidad.
No se acaba cuando sales del hospital.
No se termina el día de la graduación.
Ni siquiera cuando los pajaritos vuelan y dejan el nido vacío.
Por más lejos que los lleve el destino…
un pedacito del alma de su mamá siempre va caminando al lado de ellos.
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