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lunes, 16 de mayo de 2016

PRELUDIO PARA CABRAL 7: "Mi héroe personal será siempre la señora Eva Perón"



PRELUDIO PARA CABRAL 7: "Mi héroe personal será siempre la señora Eva Perón"

Cuando algunos cronistas dicen que eres una suerte de gurú, un sacerdote, un profeta o dicen que eres el juglar del siglo XX, ¿te parece excesivo o un justo reconocimiento?

Sospecho que no entiendo de qué se habla porque ese no era el plan. Yo lo agradezco mucho, porque para mí, como público, digo que Silvio Rodríguez y Pablo Milanés son el lujo de la canción de la lengua española. ¡Son el Rolls Royce!, me sale del alma. A lo mejor ellos, cuando dicen que soy un gurú, lo dicen con el mismo amor y el mismo aprecio, ¿qué se yo? Tal vez. Pero si es así, no es cosa mía, yo vivo y cuento mi experiencia. ¿Te puedo contar una historia que sucedió acá, en Venezuela?, te digo porque esto es clave para lo que estaba diciendo recién de que hay gente que cree que uno es un gurú…Estaba en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria, en Caracas, llena de un público donde todos eran jóvenes, menos una viejecita, además, muy humilde. Todo el mundo la veía extrañado porque era como si la Madre Teresa estuviera en un concierto de los Rolling Stones. Era muy raro. Antes de que terminara de cantar, ella se subió al escenario, y yo tuve que parar porque ella subió a saludarme y no había terminado “No soy de aquí ni soy de allá”, la última canción del concierto. Ella subió y me dijo: “Señor Cabral, perdone que le interrumpa pero le quiero dar un beso y un abrazo”. Los muchachos estaban todos encantados con esa viejecita que cortaba la canción y subía a darme un abrazo ya mismo. Y entonces ella me dijo: “¿Sabe?, estoy tan feliz porque usted me contó un cuento hoy. Es más, mire, ¿sabe que era lo que más me gustaba a mí cuando yo era niña?” No. “Que mis padres me contaran un cuento”. Ya se iba y se devolvió para decir: “Un día fueron a la Isla de Margarita y la barca naufragó y murieron los dos. Me quedé sin mi cuento, claro. Me llevaron a un asilo de monjas y yo todas las noches esperaba mi cuento, pero pobrecitas, estaban tan ocupadas, tantos niños. Pasó el tiempo y yo esperaba; siempre seguí esperando mi cuento. Yo necesitaba mi cuento y no aparecía. Me casaron con un señor que traía cosas al asilo que no sólo no me contaba cuentos, ni siquiera me hablaba; yo lo único que sabía era que cada vez que llegaba borracho íbamos a tener un hijo más”. La viejecita hace como que se va, pero se devuelve: “…Y yo esperando mi cuento, y me quedo sola con mis niños porque él se fue también, y los voy criando, siete hijos, me dice, como Sara, como usted contó de su madre, y ya ve que la vida se los lleva, la vida te los presta un rato, pasan por uno y se los llevó la vida. Yo sola esperando mi cuento y llego a esta edad y viene usted y me cuenta un cuento, ¿cómo no lo voy a querer?”…Y me vuelve a abrazar. Los muchachos
del Aula Magna, ya enloquecidos, la aplaudían, fue maravilloso. Después me dice: “Esta noche aprendí para qué sirve un cuento: cuando era niña servía para que me durmiera en paz, y ahora usted me cuenta un cuento para que yo me muera en paz porque tengo un cáncer terminal. ¡Que Dios lo bendiga!”…En ese momento supe para qué subo al escenario. Alguien se muere en paz porque uno le contó un cuento.

Tremendo.

Entonces, eso tal vez conteste a tu pregunta. Tremenda cosa. Ella no sabía que los dos estábamos en la misma situación.

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