viernes, 4 de mayo de 2018

EL LIBRO DE JUAN FRANCISCO (Parte 9) Facundo Cabral. Transcripción Juana Macedo

A finales del siglo XIX en Estados Unidos unos cuantos aventureros con el pretexto del progreso de la patria acabaron con los búfalos y con millones de indígenas para abrirle paso al tren, el caballo de hierro que confirmaba la triste victoria del blanco, tan aburrido en su tierra que invadió la de los pieles rojas y detrás del tren los granjeros cubrieron las praderas con el trigo y el algodón que trajo a los negros, que en templos blancos le cantaron a Dios y al místico Mississippi. 

Dicen en Nueva York que cuando un negro esta triste y tiene una guitarra, canta un blus, pero cuando el triste es blanco y tiene una guitarra canta un rocanrol. En el oeste americano, escuché a los espíritus en los profundos cañones de Arizona, los viejos espíritus de los Anasazi, nómadas que se detuvieron dos o tres siglos por ahí, cuando las lluvias hicieron habitable a ese desierto que crucé tantas veces, los Anasazi que levantaron grandes ciudades con el espíritu artístico que siempre enriquece la religión, respetuosas construcciones a la que me acercaron los descendientes de los navajos, a los que misteriosamente, como corresponde llegaron mis canciones, que son casi una continuación de lo que dibujaron en las paredes de las ciudades, que eran templos, esculturas para habitar, los navajos que enterraban los principales con sus mujeres enjoyadas, en medio del desierto que alguna vez fue el fondo del mar y cuando no los bendijeron las lluvias abandonaron sus magníficas ciudades y volvieron a ser nómadas para cazar, porque sin agua no podían cultivar la tierra, pero se cruzaron con los españoles que los diezmaron más con sus pestes que con sus espadas, entonces ya nadie armonizó a la tierra y al cielo en el far hues. 

Esa mañana estaba todo detenido por la lluvia, los gatos no salían de la casa, ni los pájaros salían de los árboles, solo se escuchaba el desgarrado canto de la lluvia, ese milagro. Los indígenas ya no estaban pero habían dejado bellos sonidos en la trajinada tierra americana. Arizona, Texas, Oklahoma, Ayohua, Manhattan, un cacique que se convirtió en una isla, el punto central del hombre del siglo XX. Y viendo llover, el viejo brujo, un piel roja sobreviviente entre hijos de irlandeses meditó… “El tiempo nos corromperá, entonces ya nada importará, el polvo sobre el mármol, ni la luna roja sobre las rosas amarillas, ya no habrá quién derribe los árboles, ni quien quiera eternizarse en un poema, o en una batalla, que serán la misma cosa, nada, y en ese silencio mutuo, nadie esperará la tarde, descansaran las espadas en el fondo de los mares, ni siquiera en el caracol perdurará la canción que me prodigaron mis abuelos, que se hincaban ante la lluvia.

Mucho más el sur, en México, un descendiente de los Olmecas me dijo: Cuando llegaban las lluvias, nos juntábamos en silencio, pero cuando llegaban antes de lo previsto, corríamos a llenar los aljibes porque anunciaban largas sequías y le echábamos carbones encendidos, para que se murieran las sabandijas del aire. Dentro de las nubes viven los fantasmas, decía mi abuela, criada por tehuelches y cuando duermen, las nubes son blancas y vuelan despacio para no despertarlos, los mesen y los llevan lejos y cuando los fantasmas despiertan, las nubes se vuelven grises y se agazapan en el horizonte y cuando los fantasmas se enfurecen, las nubes se oscurecen, se agrietan y estallan y cuando los fantasmas salen de las nubes estas desaparecen porque las nubes solo son las sombras de los fantasmas, como el cuerpo es solo el vehículo que nos lleva de la cuna a la tumba. 

Al empezar el eclipse contaba mi abuela, los indios preocupados gritaban a los Dioses “Se comen a la luna, se comen a la luna…”, era una locura bulliciosa, una amorosa desesperación, y con la oscuridad aumentaban la furia y el pánico a lo que se sumaban los gallos y los perros, solo el viejo cacique los calmaba cuando les decía: “Las cosas no vienen ni van porque las cosas no se mueven, nosotros vamos a ellas. Entonces con no ir a ninguna parte es suficiente para acabar con las preocupaciones que solo traen rabia y miedo”... (Continua Parte 10)

No hay comentarios.:

Publicar un comentario