domingo, 18 de enero de 2026

Dejé a mi esposo para buscar a mi primer amor...

Tengo 83 años, dejé a mi esposo para buscar a mi primer amor ¡Me llamaron loca!

"¡Mamá, te volviste loca!" gritó mi hijo Roberto por teléfono cuando le dije que dejaba a su padre.

"No estoy loca, estoy despierta," le respondí mientras metía mis mejores blusas en la maleta. "Pasé 60 años preguntándome qué hubiera sido de Antonio, y ya no me queda tanto tiempo para seguir preguntándomelo."

Mi esposo Héctor me miraba desde el sillón, con esa cara de resignación que había perfeccionado en seis décadas de matrimonio.

"¿En serio vas a buscar a un noviecito de hace mil años?" preguntó, negando con la cabeza.

"Sesenta y cinco años no son mil," le corregí. "Y sí, voy en serio."

Al día siguiente, mi casa parecía un manicomio. Mis tres hijos llegaron para hacerme una "intervención".

"Mamá, esto es ridículo," dijo mi hija Clara. "¡Tienes 83 años!"

"Exactamente por eso," repliqué. "¿Cuándo si no?"

"Abuela," intervino mi nieta Sofía, con esa sonrisa cómplice que siempre me encantó, "yo te ayudo a buscarlo."

Todos la miraron como si hubiera sugerido ir a la luna en bicicleta.

"¿Tú también estás loca?" le gritó Roberto a su hija.

"No, papá. Estoy del lado del amor. Deberías intentarlo alguna vez," respondió Sofía con todo el descaro de sus 28 años.

Y así fue como dos semanas después, mi nieta y yo estábamos en un avión rumbo a España. Antonio se había mudado allá hace décadas, según descubrimos en Facebook. (¿Quién dice que los viejos no sabemos usar la tecnología?)

"Abuela, ¿y si está casado?" preguntó Sofía mientras comíamos maní en el avión.

"Entonces me tomo un vino con él y listo. Solo quiero verlo una vez más."

Llegamos a Sevilla con el calor pegándose a la piel como miel caliente. Sofía había rastreado la dirección de Antonio hasta una casa preciosa con balcones llenos de geranios. Tocamos el timbre con el corazón en la garganta.

Abrió un joven de unos treinta años, guapísimo, con los ojos verdes que yo recordaba de Antonio.

"¿Sí?" preguntó con acento andaluz.

"Busco a Antonio Mendoza," dije, sintiendo que las piernas me temblaban.

El rostro del joven se ensombreció.

"Mi abuelo... falleció hace tres meses."

El mundo se detuvo. Sofía tuvo que sostenerme porque literalmente sentí que me iba de lado.

"Lo siento mucho," murmuró.

"Pasen, pasen," dijo el joven, presentándose como Miguel. "¿Eran amigas de mi abuelo?"

Nos sentamos en una sala llena de luz. Miguel nos sirvió agua y me miró con curiosidad.

"¿Cómo se llamaba usted?" preguntó.

"Elena. Elena Rojas."

Miguel se quedó paralizado, con el vaso de agua a medio camino.

"¿Elena de Argentina?"

Asentí, confundida.

"Dios mío," susurró. "Mi abuelo habló de usted hasta su último día. Decía que Elena había sido su primer amor, el amor de su vida. Que cometió el error de dejarse llevar por el miedo y nunca volvió a buscarla."

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin permiso.

"¿De verdad?"

"Tengo cartas que nunca envió. Poemas. Fotos suyas que guardaba en una caja. Mi abuela murió hace años y él... él siempre decía que se había casado con la mujer equivocada pero era demasiado tarde para arreglarlo."

Lloré como no lloraba desde que era niña. Sofía me abrazaba mientras Miguel traía una caja de madera tallada. Dentro había fotos mías de cuando tenía 18 años, cartas amarillentas, y un anillo.

"Esto iba a ser para usted," dijo Miguel, mostrándome el anillo. "Lo compró hace 60 años pero nunca tuvo el coraje de buscarte."

Pasamos tres días en Sevilla. Miguel nos mostró los lugares favoritos de Antonio, nos contó historias. Y algo extraño pasó: Sofía y Miguel comenzaron a discutir por todo.

"No camines tan rápido," le decía ella.

"Pues tú apúrate," respondía él.

"Eres insoportable."

"Tú eres terca."

Yo los miraba y sonreía. Había visto esa misma dinámica en el espejo sesenta y cinco años atrás.

El último día, mientras hacíamos las maletas, Miguel tocó la puerta de nuestro hotel.

"Sofía, ¿puedo hablar contigo?"

"Si es para criticarme otra vez..."

"Me gustas," soltó él, colorado como un tomate. "Me gustas muchísimo y sé que vives en Argentina y que esto es una locura pero... mi abuelo murió arrepentido. Yo no quiero lo mismo."

Sofía se quedó muda por primera vez en su vida.

Seis meses después, estaba yo en otra boda. Sofía radiante con Miguel, quien se había mudado a Buenos Aires.

"Abuela," me susurró durante la fiesta, "gracias por volverse loca."

Esa noche, volví a mi casa. Héctor estaba viendo televisión, como siempre.

"Héctor," dije suavemente.

"¿Ya terminó tu aventura?"

"Sí. Y vengo a pedirte perdón."

Me miró sorprendido.

"No me casé con el hombre equivocado," continué. "Me casé con el hombre correcto para la mujer en que me convertí. Antonio hubiera sido perfecto para la Elena de 18, pero tú... tú has sido perfecto para la Elena real."

Héctor sonrió, con los ojos húmedos.

"Bienvenida a casa, loca."

Me senté a su lado y tomé su mano arrugada. A veces necesitamos perseguir fantasmas para apreciar lo que tenemos. Antonio me amó en el recuerdo, pero Héctor me amó en la realidad, con mal aliento por las mañanas, arrugas, discusiones sobre qué canal ver, y sesenta años de verdad.

Y eso, descubrí a los 83 años, vale más que mil primeros amores.

**¿Y tú, has perseguido alguna vez un sueño del pasado solo para descubrir que tu presente era exactamente donde debías estar?**

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