viernes, 21 de marzo de 2025

HISTORIA MUY TRISTE

El hijo y la nuera echaron a su padre anciano de su propia casa. El anciano ya casi se estaba congelando cuando, de repente, alguien tocó suavemente su rostro. Al abrir los ojos, se quedó paralizado de miedo…

En esa fría noche de otoño, ya no sentía ni las manos ni los pies. Una ligera nieve cubría lentamente sus hombros, y el viento helado atravesaba su viejo y desgastado abrigo. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que su hijo, con quien había compartido esa casa durante más de cuarenta años, le había cerrado la puerta en la cara.

— María y yo no tenemos suficiente espacio, y cuidarte es una gran responsabilidad. Lo entiendes, ¿verdad, papá? — dijo el hijo, evitando mirar a su padre a los ojos.
— Lo entiendo, — respondió el anciano en voz baja, aunque todo dentro de él gritaba de dolor. No lo entendía. No podía creer que su propio hijo, al que había criado y al que había dedicado los mejores años de su vida, pudiera decirle algo así.

El día que dejó su casa quedaría grabado para siempre en su memoria. Una vieja bolsa con algunas cosas, su cabeza gris inclinada de vergüenza, y lágrimas que apenas podía contener. No sabía adónde ir. Los vecinos evitaban mirarle, y la idea de ir a un asilo de ancianos le aterrorizaba. La ciudad se le antojaba tan extraña, tan fría.

Sentado en un banco viejo en el parque, recordó a su esposa. Cómo habían construido esa casa juntos, cómo habían criado a su hijo, cómo habían soñado con el futuro. Ella siempre decía:
— Cuando seamos viejos, nos sentaremos juntos junto al fuego y recordaremos nuestra juventud.
Pero ya no estaba allí. Había fallecido hacía dos años, y desde entonces su hijo y su nuera lo veían como una carga.

Al cerrar los ojos, sintió cómo su cuerpo se iba entumeciendo poco a poco. Su respiración se volvió lenta, sus pensamientos se confundieron. “¿Así es como se siente morir?” — pasó por su mente. Y, de repente… un toque suave y cálido en su rostro lo hizo estremecerse. Lentamente abrió los ojos y quedó paralizado.

Delante de él estaba un perro callejero viejo, al que había alimentado cerca de su casa durante muchos años. Sus ojos amables y leales lo miraban con preocupación. Ella lamió su mano, gimiendo suavemente, como si le rogara que se levantara.

— ¿Viniste, viejita? — susurró con una débil sonrisa.

El perro siguió moviendo la cola y comenzó a frotarse contra sus piernas congeladas, como si tratara de calentarlo. Con el calor del animal, lágrimas rodaron por el rostro del anciano. Nadie más lo recordaba. Nadie, excepto ese perro callejero.

Poco a poco, con dificultad, apoyándose en el banco, el anciano se levantó. El perro caminaba a su lado, mirándolo de vez en cuando, como diciéndole: “Sígueme”.

— ¿Adónde vamos, niña? — preguntó con amargura en la voz.

Ella solo movió la cola alegremente y lo guió por las calles vacías. Después de unos minutos, llegaron a un viejo cobertizo abandonado que alguna vez había sido un almacén. El perro gimió suavemente y empujó la puerta con el hocico.

Dentro había un poco de paja, el aire olía a humedad, pero era mejor que nada. El anciano se sentó en el suelo, se apoyó contra la pared, atrajo al perro hacia él y acarició su pelaje sucio pero familiar.

— Gracias, — susurró, — al menos tú no me abandonaste…

Cerró los ojos, sintiendo el calor del animal que se había acurrucado junto a él. El pasado se desvanecía lentamente de su memoria, dejando solo la débil esperanza de que tal vez Dios todavía lo veía y no lo había abandonado.

A la mañana siguiente, un transeúnte encontró al anciano temblando junto al fiel perro en el porche del cobertizo abandonado. El perro lo había mantenido caliente con su cuerpo durante toda la noche. El transeúnte llamó a una ambulancia, y el anciano fue llevado al hospital. Cuando recuperó el conocimiento, lo primero que preguntó fue:

— ¿Dónde está mi perro?

La enfermera sonrió:

— Está esperándole en la entrada. No se ha movido de allí.
Ese día, el anciano comprendió que la verdadera lealtad no depende de los lazos de sangre. A veces, incluso las personas más cercanas pueden fallarte, mientras que aquellos a quienes considerabas extraños resultan ser tus amigos más leales.
Nunca volvió a su casa. Su hijo y su nuera la vendieron poco después de aquel incidente. El anciano se instaló en un refugio donde lo cuidaron. Pero lo más importante era que su perro leal, el mismo que había llegado a él aquella noche fría en la que estaba listo para dejar este mundo, permaneció siempre a su lado. Fin .

CUANDO TE HA SIDO INFIEL.


CUANDO TE HA SIDO INFIEL, DEBES AGRADECERLO EN LUGAR DE REPROCHARLO. ESTAS SON LAS RAZONES:

Que te sean infiel o te traicionen es, aunque parezca extraño, una de las mejores cosas que pueden sucederte en una relación. La razón es simple: la infidelidad es el golpe que te despierta. Cuando alguien te traiciona, en realidad te está liberando y mostrándote que has estado invirtiendo tu amor, tiempo y energía en alguien que no lo merece. Es un aprendizaje disfrazado de dolor, una oportunidad para soltar lo que te hace daño y recuperar tu dignidad.

Piensa en esto: un perro, aunque le quites la correa, jamás correrá hacia otro dueño, porque su naturaleza es la lealtad y el amor incondicional. Ahora reflexiona: ¿por qué conformarte con alguien que ni siquiera tiene la fidelidad de un animal? La traición no marca el final, sino el comienzo de algo mejor. Es la oportunidad de elegirte, valorarte y asegurarte de no volver a traicionar al amor. Por lo tanto, sólo GRATITUD debe haber en tu corazón para esa personita que en apariencia te "traicionó" porque esa experiencia apareció en tu vida para impulsar tu crecimiento Consciencial y evolutivo.

MIS PAPELES. Facundo Cabral. Parte 5

 

Autor: Facundo Cabral. 13/12/2007
MIS PAPELES

En un mundo inhóspito y cruel, demasiado cruel con el diferente e indiferente al necesitado, en el mundo de refugiados, exiliados y diferentes abandonados en los campos y las calles, sigo pensando que la hospitalidad universal deberá ser puesta en práctica o desapareceremos todos porque los hambrientos, que son mayoría, terminarán con los que comen y tienen comodidades, que son minoría (es preferible aumentar la sociedad a vivir escondidos, protegidos por guarda espaldas y defensas electrónicas).

Para Demócrito, el sabio era, ante todo, un ciudadano del mundo, un cosmopolita ordenado, como para Coercio el único orden era el de la naturaleza (el cosmos es la ciudad perfecta para los seres humanos, el cosmos que está constituido antes de nosotros, por eso todo es polis). La naturaleza es la primera forma conocida de la divinidad, y parece que no nos animamos a trascenderla, más bien tratamos de destruirla, en un deseo inconsciente de acabar con Dios, y los países se cierran en lugar de abrirse, hasta los que se creen solo Ecuatorianos pelean contra los que se creen solo Peruanos, como Clinton se mete en la tierra que Hussein cree propia, el Hussein que pronto aterrará a la tierra que Clinton cree suya, como la gente River se siente mal porque a la gente de Boca le va bien (millones festejan cuando en realidad solo juegan once). Por la globalización, que es una invasión más de un imperio, cobarde, es decir económico, todos vuelven al barrio a defender su identidad, cuando todos deberíamos avanzar hacia el cosmos, que es nuestro destino desde antes de nosotros, y el cosmos es la meta porque nunca podrá ser dividido, es decir mantendrá a la gran hermandad humana. Está claro que la patria en que vivimos es la misma, es uno el mundo del que no podemos escapar, es más, la redondez de la tierra impide que nos alejemos, y nuestro origen, nuestra constante es el caos porque la vida es movimiento, cambio permanente para seguir siendo. 

La tierra es parte de una totalidad, por eso en cualquier lugar se puede ser poeta o asesino, todo puede ser si uno ha nacido y ha trabajado para ser un humano, es decir consciente de la muerte y dotado de un lenguaje, además de valiente para enfrentar los cambios de la vida. Todo es patria si uno se da cuenta, de lo contrario son todos extranjeros, es decir son todos homicidas y suicidas, que es como se sienten ahora todos en el mundo, además, todos venimos del mismo Padre, aunque se haya manifestado en la plaza de Atenas o en la cosecha de la papa en Balcarce, en el país de Rodin o en la Lima de Chabuca. Todos somos huéspedes de todos, por eso es una tontería peligrosa menospreciarnos o maltratarnos porque nacimos un poco más cerca de la selva o un poco más lejos de las montañas. Somos de naturaleza cósmica, parte de un proyecto que nunca conoceremos, orden de un aparente desorden, estamos para acomodarnos dentro de un orden anterior a nosotros.

Regreso a Lima a contar algunas cosas a la televisión, la querida Lima donde se discute si se le declara o no la guerra a Ecuador, entre muchas cosas terribles que pasan en el planeta, pero detrás siempre nos espera la luz, de donde viene el fuego que alimenta a mis salmos (cada instante de mi vida es un salmo), que cada día armonizan más con las infinitas sinfonías de la vida. De juego en juego pasan los años, que no me preocupan porque sé, desde los salmos bíblicos, que la hierba que brota en la mañana es segunda en la tarde, al fin y al cabo, la vida es un solo día que se alarga, y mi día ya ha sido más largo que el de Jesús y el de Rimbaud...

miércoles, 19 de marzo de 2025

MIS PAPELES. Facundo Cabral. Parte 4

 

Autor: Facundo Cabral. 13/12/2007
MIS PAPELES

No hay nueva patria porque hay un solo Universo, y es necesario recordarlo ahora que estamos tan disgregados, que casi todos somos inquietos vagabundos en un mundo cada día más hostil, social y naturalmente, desde la economía, que genera terroristas, a los huracanes y las inundaciones (no podemos sentirnos extranjeros cuando somos compatriotas, y vale recordar que la patria es la tierra, es decir que, aunque te cueste creerlo, somos hermanos, desde el Sai Baba hasta Pinochet, desde Hitler a la Madre Teresa). Solo habrá paz cuando seamos lo que debemos ser, lo que está previsto que seamos: cosmopolitas, ese es el plan de la naturaleza, solo así la capacidad humana alcanzara su sazón, en el único nivel previsto, el colectivo, porque la humanidad es un solo cuerpo, eso es lo que sucede con las hormigas y las cucarachas, que nos sobrevivirán (una función que no se cumple, un órgano que no se utiliza es peligroso porque es una contradicción, y una contradicción es un suicidio general). La naturaleza concibió al hombre, como a todo, como un todo, y para eso debe cumplir con todas sus facultades, y para eso, a partir de el, debe estar comunicado con todo, con el uso total de la razón para que no lo gobierne el animal, que es solo un vehículo para tareas inferiores, y como nuestro paso por la tierra es corto, debemos tener conciencia de que, como individuos, somos un eslabón, que lo que importa es la continuidad, la especie, que va acumulando conocimiento de individuo a individuo, de generación en generación, y esto es el verdadero progreso (crecemos todos o no crece nadie).

La sociedad nos separa de nosotros, es decir de nuestra naturaleza, y de los demás, por eso debe ser superada, y lo peor es que, por la competencia, nos hace creer que podemos vivir, crecer sin los demás, que si no son socios (que nos debilitan con el engaño) son enemigos (que hacen que perdamos la fuerza cuidándonos de ellos), y la lucha es constante y en todas partes porque todos quieren lo mismo, lo que tienen los que "avanzaron" mas, que son los que más están en peligro pues son los que más dividen, además del odio que trae la envidia (típica de una sociedad competitiva), que no los deja vivir, además de las ocupaciones con las que se salvan de la familia, que es el primer error porque se casan cuando no saben lo que quieren, es decir antes de completarse. Si todos quieren lo mismo, pocos pueden tenerlo (eterna inconformidad, todos se pelean por lo mismo, todos van de vacaciones al mismo lugar y al mismo tiempo, todos siguen la misma orden cultural: bautismo, escuela, casamiento, divorcio, pleitos, desconfianza, y la eterna sensación de vacío), y como si esto fuera poco, de vez en cuando llega un dictador que los mete a todos en la misma celda para decidirlo todo, cosa que hace descansar a la mayoría, por eso hay quién todavía defiende a Pinochet y a Castro (nada más grato a un ciudadano que la irresponsabilidad).

En medio de esta desconfianza, de este caos, presiento un orden mundial, civil, cosmopolita, donde el individuo pueda trabajar (por los pocos que hoy lo hacen progresamos) en plena libertad, como Picasso, que por eso pudo crear tanto (nada tan efectivo como el hombre que está en lo que ama, nada más saludable que el hombre que traspasa el sentido común que, según Borges, es el más común de los sentidos, que no se conforma con el término medio y busca las alturas)...

A veces la vida nos enseña que las cosas más preciosas son aquellas que no tienen precio

 

A veces la vida nos enseña que las cosas más preciosas son aquellas que no tienen precio

Es el olor del café por la mañana, el suave sonido de la lluvia golpeando la ventana o el resplandor de una puesta de sol que momentáneamente detiene el tiempo.

Las cosas más simples tienen una fuerza silenciosa.
Nos recuerdan que en medio del caos lo que realmente importa no es lo que podemos acumular, sino los momentos que podemos sentir.

La simplicidad tiene una especie de magia.
Está en la risa sin razón, en la flor que florece en medio del concreto, en el abrazo apretado de alguien que amamos.

Son estos detalles los que nos hacen darnos cuenta que no necesitamos mucho para sentirnos completos.

La vida se mueve rápido y la belleza está en aprender a bajar la velocidad, para ver lo que siempre está delante de nosotros, pero muchas veces nos olvidamos de apreciarlo.

Al final, no son los grandes logros los que definen nuestra historia, sino los pequeños gestos, esos que tal vez nadie ve, sino los que llenan el alma.

Me lleve a casa a mi madre para siempre...

Me llevé a mi madre a casa.
Para siempre.

Sin planes previos, sin decisiones ni conversaciones. Simplemente, un día. 

Con una sola bolsa en la mano.
Y en la bolsa – unas medias, unas pantuflas con la inscripción “La mejor abuela del mundo” (un regalo de mis hijos), una bata cálida con un camisón y – sin saber por qué – una funda de almohada.

Mamá lo empacó todo ella sola.

Y así, desde hace tres semanas, en mi casa vive una niña mayor. Tiene quizá cuatro años. 
Es pequeña, con un diminuto moño blanco en la cabeza, con medias de algodón ligeramente arrugadas en los tobillos.

Camina despacio por el pasillo, arrastrando suavemente sus pantuflas, y cuando llega al umbral, se detiene con cuidado y levanta mucho los pies, como si intentara pasar por encima de un obstáculo invisible.

Sonríe al perro que yace en el pasillo. Oye voces de personas que no están y todos los días me cuenta lo que le dijeron.

Es tímida. Duerme mucho.
Muerde delicadamente un pedazo de chocolate (le dejo dulces en su habitación) y bebe lentamente su té, sosteniendo la taza con ambas manos porque una de ellas le tiembla un poco.

Tiene mucho miedo de perder su anillo de la delgada mano – lo ajusta constantemente, revisando si aún está ahí.

Y de repente la veo tan pequeña.
Indefensa.

Como si finalmente se permitiera rendirse. Relajarse. Dejar de fingir que es adulta.

Y completamente, absolutamente, en todo, me entregó su vida. Confiando en mí.

Y lo más importante para ella ahora es que yo esté en casa.

Respira con tanto alivio cuando me oye regresar, que trato de salir lo menos posible y por el menor tiempo posible.

Y de nuevo cocino sopa todos los días para el almuerzo, como cuando mis hijos eran pequeños.
En la mesa, otra vez hay un cuenco con galletas.

¿Qué siento?

Al principio – miedo.

Después de todo, era tan independiente. Durante tres años después de la muerte de papá, insistió en vivir sola. La entiendo – por primera vez en su vida, a los ochenta años, hacía lo que quería.

Y luego llegó ese maldito virus. Le quitó la fuerza. Dos meses encerrada entre cuatro paredes hicieron lo suyo, algo en ella se rompió.

¿Y ahora?

Ahora siento ternura. Emoción. Amor. Dolor por cómo es todo.

Miro este frágil universo a mi lado y solo quiero una cosa – que nuestro camino juntas sea lo más hermoso posible.

Tranquilo. Cálido.

Lleno de sus sabores favoritos – pierogi caseros y croquetas.

Todo lo demás ya no importa.

Ahora tengo en casa una hijita.

Tiene ochenta y tres años.

Y soy feliz de que Dios me haya dado la oportunidad de hacer que el ocaso de su vida sea tranquilo y bueno.

Y el mío – libre de remordimientos y culpa.

Mamá, gracias por estar aquí.
Por favor, quédate el mayor tiempo posible… 

Créditos a quien corresponde 

No hay almohada tan suave...

Uno solo es el Padre


Por eso tengo derecho a decir que no hay guatemaltecos, ni mexicanos, ni hay argentinos, es solamente el miedo nos divide, somos terráqueos gracias a Dios. La más grande noticia la trajo Él, como siempre, uno solo es el padre, yo no sabía esto, mi padre tampoco lo sabía, mi padre humano no, tampoco lo sabía, para hablar mejor con mucha más propiedad, el marido de mi madre tampoco sabía esto...