domingo, 22 de febrero de 2015

EL BUSCADOR




EL BUSCADOR
(Transcripción Juana Macedo Libro Lecciones de Vida)

Esta es la historia de un hombre que definiríamos como un buscador…
Un buscador es alguien que busca, no necesariamente alguien que encuentra.
Tampoco es alguien que, obligatoriamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien la vida es una búsqueda.
Un día el buscador sintió que debía ir a la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, de modo que dejó todo y partió.
Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó a lo lejos la ciudad de Kammir, Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero lo llamó mucho la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores bellas. La rodeaba por completo una especie de valla de madera lustrada. Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.
De pronto sintió que olvidaba al pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.
El buscador traspasó el portal y caminó lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de este paraíso multicolor. Sus ojos eran los de un buscador y, quizá, por eso, descubrió sobre una de las piedras aquella inscripción:
“Aquí yace Abdul Tareg. Vivió ocho años, seis meses, dos semanas y tres días”.
Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:
“Aquí yace Yamir Kalib. Vivió cinco años, ocho meses y tres semanas”.
El buscador se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lápidas. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que más lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años.
Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.
El cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Lo miró por un rato en silencio y, luego, le preguntó si lloraba por algún familiar.
“No, ningún familiar –dijo el buscador-. ¿Qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este sitio? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente que los ha obligado a construir un cementerio de niños?”
El anciano respondió:
“Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré… Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí colgando del cuello. Y es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado: a la derecha, cuánto tiempo duró el gozo. Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duro esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos?, ¿Tres semanas y media? Y, después…, la emoción del primer beso, el placer maravilloso de la primera noche. ¿Cuánto duró el minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana? ¿Cuánto el casamiento de sus amigos? ¿El viaje más deseado? ¿El encuentro con quien vuelve de un país lejano?

¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de esas sensaciones…? ¿Horas? ¿Días…? Así vamos anotando en la libreta cada momento que gozamos. Cuando alguien muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado para escribirlo sobre su tumba porque es, amigo caminante, el único y verdadero tiempo vivido”.

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