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martes, 3 de febrero de 2015

NUESTRO TESORO (Transcripción Juana Macedo. Libro: Lecciones de Vida)



NUESTRO TESORO
(Transcripción Juana Macedo. Libro: Lecciones de Vida)

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que, como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al monarca cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.
Un día el rey lo mandó llamar.
-Paje –le dijo-, ¿Cuál es el secreto?
-¿Qué secreto, Majestad?
-¿Cuál es el secreto de tu alegría?
-No hay ningún secreto, Alteza.
-No me mientas, paje. He mandado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
-No le miento, Alteza. No guardo ningún secreto.
-¿Por qué estás siempre alegre y feliz?, ¿eh? ¿Por qué?
-Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado. Somos vestidos y alimentados y, además, su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedad para darnos algunos gustos, ¿Cómo no estar feliz?
-Si no me dices ahora mismo el secreto, te haré decapitar –dijo el rey-. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
-Pero Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, más no hay nada que yo este ocultando…
-Vete ¡Vete antes de que llame al verdugo!
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa vieja y alimentándose de las sobras de los cortesanos.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.
-¿Por qué él es feliz?
-Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
-¿Fuera del círculo?
-Así es.
-¿Y eso es lo que lo hace feliz?
-No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
A ver si entiendo, ¿estar en el círculo te hace infeliz?
Así es.
-¿Y cómo salió?
-¡Nunca entró!
¿Qué círculo es ese?
-El círculo del noventa y nueve.
-Verdaderamente, no te entiendo nada.
-La única manera para que entiendas sería mostrártelo en los hechos.
-Cómo?
-Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
-Eso, obliguémosle a entrar.
-No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar al círculo.
-Entonces habrá que engañarlo.
-No hace falta. Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito.
-Pero ¿él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
-Sí se dará cuenta.
-Entonces no entrará.
-No lo podrá evitar.
-¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
-Tal cual Majestad. ¿Estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
-¡Sí, estoy dispuesto!
-Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro, ¡ni una más ni una menos…, noventa y nueve!
-¿Qué más? ¿Llevo a los guardias, por si acaso?
-Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
Esa noche el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Cuando, dentro de la casa, se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa de cuero con las noventa y nueve monedas de oro y escribió en un papel:
“Ese tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie cómo lo encontraste”.
Luego, ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y, al escuchar el sonido metálico, se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta y se metió a su casa.
El sabio y el rey se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente tiró todo lo que había sobre la mesa y dejó solo la vela. Se sentó y vació el contenido. Sus ojos no podrían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedad de oro!
Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy un cerro de ellas. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas.
Así jugando y jugando, empezó a hacer pilas de diez monedas. Una pila de diez, dos de diez, tres, cuatro, cinco, seis… Sumaba diez, vente, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta… Hasta que formó la última pila: nueve monedas.

Su mirada recorrió la mesa buscando una moneda más. Luego, el piso y finalmente, la bolsa. –¡No puede ser! –exclamó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
¡Me robaron! –gritó- ¡Me robaron! ¡Malditos! Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles: pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había noventa y nueve monedad de oro, solo noventa y nueve. –Noventa y nueve monedas es mucho dinero –dijo-
Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo. Cien es un número completo, más noventa y nueve no. El rey y su asesor miraban por la ventana.
La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus por el que asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y, mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa  entre la leña.
Luego, tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda numero cien?
Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta.
Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, probablemente, no necesitaría trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro, un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario, y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. Doce años es mucho tiempo –clamó. Quizá pueda pedirle a su esposa que buscará trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, si terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y  recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reunirá el dinero.


¡Era demasiado tiempo! Tal vez pueda llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender… Vender… Vender… Estaba haciendo calor ¿Para qué tanta ropa de invierno?
¡Para qué más de un par de zapatos! Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien. El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo de noventa y nueve…
Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando con mucha ira.
¿Qué te pasa? –Preguntó el rey de buen modo.
-Nada me pasa, nada me pasa.
-Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
-Hago mi trabajo, ¿No? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?
No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.
Tú y yo y todos nosotros, hemos sido educados en esta estúpida ideología: siempre nos falta algo para estar completos, y solo completos se puede gozar de lo que se tiene. Por lo tanto, la felicidad deberá esperar hasta completar lo que falta… Y, como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida.

Pero qué pasaría si la iluminación llegara a nuestras vidas y nos diéramos cuenta, así, de golpe, de que nuestras noventa y nueve monedas son el cien por cien del tesoro, de que no nos falta nada, de que nadie se quedó con lo nuestro, de que todo es solo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que seamos estúpidos, para que jalemos del carro, cansados, malhumorados, infelices o resignados. Una trampa para que nunca dejemos de empujar y que todo siga igual…, ¡eternamente igual!... Cuántas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están. 

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