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jueves, 6 de noviembre de 2014

LOS PAPELES DE CABRAL: CAPÍTULO II. FACUNDO CABRAL


Descripción: http://www.facundocabral.info/images/spacer.gif
Los papeles de Cabral. Capítulo II, Facundo Cabral

Por pensar en abstracciones como la patria, el hombre se distrae de si mismo, es decir de la única realidad porque sólo cuando uno se da cuenta de sí mismo, existe el universo, es decir que cuando nos damos cuenta somos ricos (el amor por todas las cosas hizo de Van Gogh un genio; el respeto por todo la conciencia de que la humanidad es una familia y agiganta a la Madre Teresa de Calcuta)

El hombre reacciona de acuerdo a sus preconceptos, lo que quiere decir que vive en una gigantesca confusión, va de un fragmento a otro, por eso la felicidad es fugaz, por eso vuelve a sufrir una y otra vez. Este pobre hombre depende de cada acto, nunca de la totalidad, a la que ni siquiera sospecha, por eso sólo ama a Elena, si lo ama y odia al resto del mundo porque cree que se interpone entre Elena y él. El hombre que tiene la cabeza dividida cree que pierde con Italia y que gana con Brasil, no quiere entender que es parte del universo, es decir, importante y eterno, por eso se siente un ser miserable, una pequeña cosa en un oscuro rincón del mundo, que llama San José, Tres arroyos, Tulancingo, Pasto, Cadaqués, Creta o Mc Allen, y por estar fragmentado sólo crea división tras división, es decir conflicto tras conflicto, dolor tras dolor, fracaso tras fracaso, desdichas que afectan a todo su existir.

Es tan grande la ignorancia del hombre que cuando dice yo soy, esto o aquello cree hablar de una totalidad (Cada fragmento que es, y son muchos, afirma se la totalidad, por eso lo que acepta uno por la mañana lo niega otro por la tarde, esa es la ciclotimia, que lleva al hombre de caos en caos, que transforma a su vida en una gran confusión, que le hace adorar y odiar a la misma persona en un par de semanas, a veces de un momento a otro si no actúa como él espera.) El yo del hombre, cree que el tú es otra cosa, le cuesta entender el yo-tu, el otro extremo que lo confirma, no comprende que cuando dice yo soy también está diciendo tú eres.


"Como los budistas, sé que la palabra no es el hecho. Si digo manzana no es la maravilla innombrable que enamora el verano, si digo árbol apenas me acerco a lo que saben las aves, el caballo siempre fue y será lo que es sin saber que así lo nombro.

Sé que la palabra no es el hecho, pero sí sé que un día mi padre bajó de la montaña y dijo unas palabras al oído de mi madre, y la incendió de tal manera que hasta aquí he llegado yo, continuando el poema que mi padre comenzó con algunas palabras.

Nacemos para encontrarnos (la vida es el arte del encuentro), encontrarnos para confirmar que la humanidad es una sola familia y que habitamos un país llamado Tierra. Somos hijos del amor, por lo tanto nacemos para la felicidad (fuera de la felicidad son todos pretextos), y debemos ser felices también por nuestros hijos, porque no hay nada mejor que recordar padres felices.

Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la Tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo. Además, el universo siempre está dispuesto a complacernos, por eso estamos rodeados de buenas noticias.

Cada mañana es una buena noticia. Cada niño que nace es una buena noticia, cada cantor es una buena noticia, porque cada cantor es un soldado menos, por eso hay que cuidarse del que no canta, porque algo esconde. 

Eso lo aprendí de mi madreque fue la primera buena noticia que conocí. Se llamaba Sara y nunca pudo ser inteligente porque cada vez que estaba por aprender algo, llegaba la felicidad y la distraía, nunca usó agenda porque sólo hacía lo que amaba, y eso se lo recordaba el corazón. Se dedicó a vivir y no le quedaba tiempo para hacer otra cosa. De mi madre también aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo, ahora mismo, le puedes decir ¡basta! a la mujer (ó al hombre) que ya no amas, al trabajo que odias, a las cosas que te encadenan, a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te envenenan desde la mañana, a los que quieren dirigir tu vida, ahora mismo le puedes decir: ¡Basta! al miedo que heredaste, porque la vida es aquí y ahora mismo.

Me he transformado en un hombre libre (como debe ser), es decir que mi vida se ha transformado en una fiesta que vivo, en todo el mundo, desde la austeridad del frío patagónico a la lujuria del Caribe, desde la lúcida locura de Manhattan al misterio que enriquece a la India, donde la Madre Teresa sabe que debemos dar hasta que duela.

Caminando comprobé que nos vamos encontrando con el otro, lenta, misteriosa, sensualmente, porque lo que teje esta red revolucionaria es la poesía. Ella nos lleva de la mano y debajo de la luna, hasta los últimos rincones del mundo, donde nos espera el compinche, uno más, el que continúa la línea que será un círculo que abarcará el planeta. Esta es la revolución fundamental, el revolucionarse constantemente para armonizar con la vida, que es cambio permanente, por eso nos vamos encontrando fatalmente para iluminar cada rincón.

Que nada te distraiga de ti mismo, debes estar atento porque todavía no gozaste la más grande alegría, ni sufriste el más grande dolor.

Vacía la copa cada noche para que Dios te la llene de agua nueva en el nuevo día.

Vive de instante en instante porque eso es la vida.

Me costó 72 años llegar hasta aquí, ¿cómo no gozar y respetar este momento? Se gana y se pierde, se sube y se baja, se nace y se muere. Y si la historia es tan simple, ¿por qué te preocupas tanto? No te sientas aparte y olvidado, todos somos la sal de la Tierra.

En la tranquilidad hay salud, como plenitud dentro de uno. Perdónate, acéptate, reconócete y ámate, recuerda que tienes que vivir contigo mismo por la eternidad, borra el pasado para no repetirlo, para no abandonar como tu padre, para no desanimarte como tu madre, para no tratarte como te trataron ellos, pero no los culpes porque nadie puede enseñar lo que no sabe, perdónalos y te liberarás de esas cadenas.

Si estás atento al presente, el pasado no te distraerá, entonces serás siempre nuevo.
FACUNDO CABRAL 


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