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miércoles, 3 de junio de 2015

LA MAGIA DE FACUNDO CABRAL. ( Pla Ventura 6.)



LA MAGIA DE FACUNDO CABRAL. Pla Ventura 6.
LAS CONFESIONES DE FACUNDO CABRAL,
 el 30 de abril de 2006, en Ibi, Alicante.

—Hemos hablado de su literatura y usted, entre otros
muchos libros que ha escrito, en mi poder, guardo como un tesoro memorable uno de ellos que bien podría ser uno más, sin embargo yo lo considero como algo muy especial: está escrito a mano y se titula LOS PAPELES DE CABRAL. ¿Cómo nació esa mágica idea de armar un libro manuscrito?

Yo quería que, mis lectores, como tú mismo confiesas en dicho libro, se llevaran gran parte de mi corazón, de ahí que naciera desde lo más profundo de mí ser esa feliz idea que tú has apuntado. Entregué, en LOS PAPELES DE CABRAL, mis más bellas ilusiones y como te digo, jirones de mi corazón. Un libro, por sí mismo, es algo bello y, de mi parte, al escribir de mi puño y letra, al armarlo, quise que fuera todavía más emotivo.

—Inevitablemente, señor Cabral, ante su persona, tenemos que hablar de México, no puede ser de otra manera. ¿Qué supuso este país en su vida?

México es como mi casa; digamos que, resultó ser el país que me apartó de lo que era mi vagabundeo por el mundo y, entre otros muchos países, me abrió las puertas de España, un país al que amo tanto. Antes de llegar a México, yo cantaba por las plazas, en las universidades; siempre a expensas de que, las gentes, al salir de ver mi actuación, pagaran si lo creían oportuno.

Después de que México me abriera las puertas al mundo, las gentes, pagaban antes de entrar a mis conciertos y la diferencia era notable. Allí llegué en 1972 y, gracias a Jacobo Jabludosky que me dio la chance de mostrarme tal como era, a partir de aquel momento, cambió el signo de mi vida. Pocos rincones quedan en México que yo no haya tenido la fortuna de recorrer. Allí conocí a personas tan extraordinarias como el Chente Fernández, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Juan José Arreola, Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez, Juan Rulfo y a su esposa Clarita Aparicio; un sin fin de personas que, todas, sin distinción, calaron muy hondo en mi vida.

—Hasta el punto de que, si no recuerdo mal, una vez, en el programa de TV de Verónica Castro, usted, hasta se atrevió a cantar las rancheras de José Alfredo Jiménez. ¿Cómo recuerda aquella experiencia?

Extraordinaria. Me apasionaba tanto la música de José Alfredo que me atreví; canté, en la citada ocasión, PA TODO EL AÑO, LA QUE SE FUE y EL REY, tres de las canciones más emblemáticas suyas y junto al Mariachi 2000 que me concedieron el honor de acompañarme, en México, pasamos una velada formidable.

—¿Qué siente usted al evocar la memoria de aquel argentino que, con sus letras, conmovió al mundo y que para mayor dicha, era su amigo? Me refiero a Jorge Luís Borges.

Era un hombre genial. Cada vez que yo llegaba a Buenos Aires, por supuesto, iba a su casa para verle; podía haberme ido a las canchas de fútbol pero, me ilusionaba mucho más compartir mi tiempo con Borges, que cada día, me llevaba una bella lección a su lado. Yo respeté muchas las convicciones de Borges y posiblemente, su grado de racionalidad tan elevado, no le permitió abrir su corazón para que, por dicha puerta, entrara el Dios que yo tanto amo. Él, en nuestros encuentros, me decía, “háblame de tu Dios, amigo Cabral”. Y yo siempre le decía lo mismo; “Me dejé llevar, maestro” Al final, ante Borges triunfó la verdad y un día antes de morir, en Ginebra, cuando contaba ochenta y cinco años de edad, se confesó y tomó la comunión. (continúa)

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