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sábado, 6 de junio de 2015

LA MAGIA DE FACUNDO CABRAL (Pla Ventura 9)



LA MAGIA DE FACUNDO CABRAL (Pla Ventura 9.)
LAS CONFESIONES DE FACUNDO CABRAL,
 el 30 de abril de 2006, en Ibi, Alicante.

—En su vida, maestro, de cuando usted empezaba, hay una anécdota muy curiosa que, le rogaría nos la comentara. Se trata, nada más y nada menos, de la primera vez que usted cantó en público. ¿Cómo recuerda aquello?

Con nostalgia, con mucho cariño; resultó ser el principio de mi carrera como cantor y, dicha noche, para mi, será inolvidable.

Acudí a un hotel a pedir trabajo y, el director, al verme con la guitarra, sin preguntarme nada me dijo; “Súbase al escenario”

Yo tenía que suplir a un telonero que había enfermado; es decir, matar el tiempo hasta que apareciera el artista que habían contratado como tal. Una vez en el escenario dije a los asistentes;

“Como yo no sé a que he venido por aquí y, quizás ustedes tampoco sepan a qué han venido, vamos a entretenernos todos juntos y de tal manera, intentaremos pasar la velada.” Al terminar mi actuación, llamé a mi madre y le dije: “Madre, soy artista; he cantado para un montón de gente” Y mi madre me dijo; “Muy bien, hijo, mañana, cuando se te pase la borrachera, hablamos en serio y me dices a qué te dedicas”.

—Hemos hablado de tantas cosas, señor Cabral pero, para usted, ¿qué es un ídolo dentro del mundo de la canción?

Podría nombrarte a muchos, como es natural y lógico, pero por ejemplo, ahí está el Chente Fernández que, sin lugar a dudas, ha sido la verdadera medida de la canción popular, —como lo será eternamente José Alfredo Jiménez— y, durante tantos años, ha sido la voz de un pueblo que le adoró y, lo sigue adorando. Yupanqui resultó ser un cantor universal. Ahí está el caso de Carlos Gardel, que tantísimos años después de su muerte, su pueblo, jamás lo ha olvidado y, lo que es mejor, a diario, siguen sonando sus canciones. Recuerdo una expresión de mi abuela en torno a la muerte de Gardel que, dicha afirmación, lo resumía todo. Yo le pregunté a la abuela respecto a qué tipo de sensación tuvo cuando murió Gardel y, sus palabras, resultaron conmovedoras; me dijo: “Caramba, ahora si que somos pobres de verdad”. Se había marchado el ídolo y, su pueblo, quedó como huérfano. Esa es la verdadera medida de un ídolo y, sin lugar a dudas, Carlos Gardel, lo fue con todo su esplendor.

—Tras tantos años de éxitos, maestro, ¿cómo logró que no le venciera la vanidad que, si se me apura, hasta sería lógica en todo artista?

Porque soy, ante todo, aquello que digo y siento. No pretendo engañar a nadie; ni lo haré nunca. Tengo una filosofía de vida, la cual la entiendo hermosa, y apearme de dichas convicciones, sería como engañarme a mí mismo y, si nunca engañé a nadie, hacerlo con mi persona, sería un pecado gravísimo.

—¿Cuál es su gran tesoro? Y se lo pregunto puesto que, ante usted, nos encontramos con un personaje irrepetible, desposeído de todo bien material que, por no tener, no tiene ni casa para vivir y, su persona, mora en un hotel de Buenos Aires. ¿No entiende usted de bienes materiales?

No necesito de yates ni automóviles porque los tienen mis amigos; es decir, soy un vagabundo first class. En definitiva, todo lo material que podamos tener, es todo prestado puesto que, a la hora de la partida, todo lo tenemos que devolver. Mi gran tesoro, como tú preguntabas, es el legado, la herencia fantástica que me dio mi madre que, con sus bellas palabras y mejores acciones, supo hacer de mí un hombre de profundas convicciones. Llevo a Sara prendida en mi corazón, por tanto, sigo siendo un hombre inmensamente rico.

—Respecto a su madre, tras escucharle, cualquiera podría pensar que tenía usted con Sara, lo que llamamos el complejo de Edipo. ¿Se lo han dicho alguna vez?

Irremediablemente, yo adoraba a Sara por su grandeza y, para mayor suerte mía, era mi madre. No se puede pedir más. Ocurre que, al respecto de Sara, resulta que, mi amigos, cuando la conocieron, eran ellos lo que tenían complejo de Edipo, pero no con sus madres, sino con la mía. (Continúa)

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