domingo, 7 de junio de 2015

LA MAGIA DE FACUNDO CABRAL (Pla Ventura 10.)



LA MAGIA DE FACUNDO CABRAL (Pla Ventura 10.)
LAS CONFESIONES DE FACUNDO CABRAL,
 el 30 de abril de 2006, en Ibi, Alicante.

—La gran mayoría de sus partidarios que, dicho sea de paso, son millones por el mundo, le conocen como el gran cantor argentino y sin embargo, su gran pasión, siguen siendo los libros; digamos que, narrar, sigue siendo su tarea más bella.

¿Qué encontró en la literatura que, quizás, la música no pudiera darle?

Como antes te dije, son amores distintos. Con la literatura, voy construyendo el mundo que a mí me gusta, el que siempre imaginé; esencialmente, el que quiero vivir. Narrar, sencillamente, me da la chance de poder contar la forma y manera que yo entiendo para cambiar el mundo; un mundo enloquecido que hace guerras porque quiere morirse; un mundo que elige políticos porque de tal manera, ya tienen a un culpable para echarle las culpas de aquello que odian. Escribir, en definitiva, es una manera de hacer el amor con todo el mundo y, ese placer, no quiero que nadie me lo quite.

—¿Qué le duele, maestro, de la sociedad actual?

Ahora, nada. Vivo en paz, sin lugar a dudas, la mejor forma de vivir. Antes me rebelaba contra el estereotipo que pudiera conformar esta sociedad enloquecida que nos movemos.

Pasados los años, me convertí en un ser solitario; en un hombre apasionado por todas las cosas de la vida y, mi modus operando, intento contárselo al mundo en todas y cada una de mis actuaciones.

—Cualquiera, tras escucharle, podría pensar que está usted en contra del mundo actual. ¿Cuál es su visión del mundo?

Me puede doler, como antes dije, las formas y modos con las que se comporta la sociedad actual, pero yo amo al mundo y a sus gentes; amo los delfines, la literatura, la música, los cantores, los niños, las mujeres; yo siempre estoy ahí para todo aquel proyecto que tenga algo que ver, justamente, para seguir construyendo la vida.

—Antes, maestro Cabral, me ha dicho que el miedo es el peor de los dictadores pero, ¿qué piensa usted de los dictadores, y lamentablemente, en la vida, usted ha conocido a muchos?

No soy capaz de emitir juicio alguno de algo a lo que no amo; para mí, los dictadores no existen; yo pienso que, por ejemplo, Pinochet, no ha nacido, por tanto, para mí, no existe.

—Se lo he preguntado porque sin embargo, en su vida, sí existe un “dictador” imaginario que usted creó y que, a diario, cuando usted lo sube al escenario, nos sigue conmoviendo. Hábleme de él, por favor.

Érase una vez un dictador que no era un déspota, sino un buen hombre al que le dieron todo el poder y, al final, se cansó de no tener con quien perder al póker y de aguantar a la reina de la primavera; pero antes dejó estas hermosas leyes, órdenes amorosas que hablaban de él y de su vida. Dijo:

-Ordeno que en este pueblo nada valga tanto como la vida.

-Ordeno que hayan flores en todas las ventanas y cualquier día de la semana, tenga la luminosa categoría del domingo; el lobo y el cordero pastarán juntos, por tanto, su comida, tendrá el mismo gusto aurora.

-Ordeno que los hombres se liberen de las mentiras del silencio y que la verdad sea la única bandera a esgrimir en la vida.

-Ordeno que respetemos y amemos a nuestros mayores puesto que, dicha acción, inevitablemente, en el día de mañana, será la gran lección que habremos legado a los nuestros.

-Ordeno que en este pueblo nada valga tanto como la vida, entonces, la verdad, será lo que tomaremos unidos de las manos.

-Ordeno que el dinero tenga fecha de vencimiento para que nadie pueda acumularlo para poder tener poder sobre sus hermanos.

—Tras tantos años, señor Cabral, sigo pensando que, sigue siendo usted un médico del alma, ¿verdad?

Esa es mi intención. Me llena de orgullo que, mucha gente al escucharme o leerme, fuera capaz de salir de la droga; guerrilleros de Hispanoamérica, tras estar conmigo, fueron capaces de dejar las armas. Yo pienso que, empecé para entretener a la gente y, pasados los años, hasta estoy convencido que, mi labor, tiene mucho que ver con la salud; relajo, hago pensar, armonizo y como no pretendo conquistar a nadie, al final, soy yo el conquistado. (continúa)

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