jueves, 23 de julio de 2015

MADAME CURIE. Facundo Cabral (Homenaje a Facundo Cabral eternamente)





MADAME CURIE. Facundo Cabral 
(Homenaje a Facundo Cabral eternamente)

La cabeza le pone palabras a lo que siente el corazón, como el alma ilumina a las tinieblas del cuerpo, como el dragón de los antiguos se devoraba a sí mismo para renacer nuevo, y todo esto es parte de la divinidad que pocos sienten pero muchos sospechan, por eso, de alguna manera, todos sabemos que el creador y lo creado son la misma cosa. 

Pocas cosas me dan tanto placer como recordar en mis conciertos la magna sentencia de Withman: El que camina un solo metro sin amor, avanza amortajado mil metros hacia su propio funeral.
 
Todo acontece, como el arte, por eso todo es encontrado, es solo una superstición creer que buscamos, tampoco podemos nombrar, sólo nos aproximamos con metáforas, con símbolos, como los mayas, que anidan que este paraíso era territorio de los dioses, y era tan claro frente a tanta belleza. 

Sólo indicios que nos hacen sospechar, que es lo que nos mantiene excitados, eso es el arte, por eso mi obra artística está en las manos del inconsciente, el exterior solo le da algunos datos, condimentos para matizar. 

Para mí, la biblioteca fue un anticipo del Paraíso, una manera más alta y sutil de la realidad, una posibilidad de salvación. En ella encontré un gran libro de tapas negras y letras doradas que (lo sospeché desde el primer momento) tenía maravillas para mí: la Biblia, el libro de los libros, por eso toqué sus finas hojas con mucho cuidado, tenía miedo de herir a Isaías, de molestar a Salomón, de estorbarle éxodo a Moisés, de distraer a Jesús. 

En aquella primera biblioteca había toros que eran hombres y hombres que eran monstruos, noches de luna ardiente, gente que sepia siendo inglesa en la India, una ballena blanca, magnifica e inapresable, ángeles que solo bajaban para enriquecer a la poesía, patriarcas y caudillos, laberintos de altas paredes que excitaron al ciego memorioso hasta el último minuto de su vida, uvas para la Matilde chilena, vino debajo de la luna del persa, golpes en la espalda del poeta peruano, aniversarios, lámparas generosas y cosmologías, crónicas marcianas, el Martin Fierro que cantó por mi antes de mí, Plotino, Chuang- Tzú, Ezra Pound, Thomas Mann, Flaubert, Shakespeare, Poe, Twain, maestros que el tiempo ha mudado de la biblioteca a mi memoria. 

Los libros me llenaron de datos para encontrar belleza en todas partes, por eso siento en el esqueleto la presencia de los libros, presiento un bello orden, miles de cosmogonías girando alrededor de un punto, todos los tiempos en el ahora mismo, las más antiguas mañanas en una sola tarde (esta misma), el Universo encerrado en la magia de las palabras. 

Para mí, la biblioteca es la manera más lúcida del sueño. En el escenario tengo claro que si la palabra quiere llegar a ser música hay que pasar por Lorca, que para volver aún más brillante a Granada pasó por la Residencia de Estudiantes de Madrid, por donde pasaron Einstein, Bergson, Freud, Valery, Madame Curie, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Rafael Alberti, Buñuel y Dalí. 

Desde los musulmanes, toda la llanura era regadío en Granada cuando Federico iba creciendo hasta Lorca entre la zarzamora y los hinojos donde recreaba a las viejas canciones que colgaban de los balcones donde jazmines rojos sensualizaban aún más a mujeres de ojos negros. 

Todo era ritmo y gracia para que Federico fuera García y Lorca, es decir la poesía, allí, entre los cerros y los sauces por donde anduve escuchando a sus fantasmas, dolientes pero siempre enamorados. 

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