domingo, 20 de diciembre de 2015

POR UN VASO DE AGUA (3)





POR UN VASO DE AGUA (3)

Hay quien dice que este no es el momento, pero yo insisto porque la esperanza es hija de la eternidad, no del tiempo, por eso siempre es el momento de salir a buscar a los hermanos que pueblan el mundo, los hermanos que saben que sólo el miedo nos separa, el miedo y sus sectas, el miedo y sus congresos, el miedo y sus cuarteles, el miedo y sus banderas, pero está cercano el día en que dejaremos de lado al miedo para que la ley sea una canción, porque el universo gira alrededor de una canción, no de un parlamento, por eso te recuerdo que el mejor negocio es apostar por la paz, invertir en el amor, que nos salvará. 

El único mandamiento es el amor porque el hilo que une a las virtudes del hombre es el amor, quien lo tiene no puede matar ni dar falso testimonio ni codiciar, el que está lleno de amor no necesita mandamientos de ninguna clase (siembra en tu alegría, que es tierra fértil porque es territorio del amor, es decir de Dios). El alma es conducida a la luz por cuatro caballos blancos: la voluntad, la fe, la caridad y el amor. El hombre tiene poder para hacer lo que quiera, y la fe es el conocimiento de ese poder.

Cuando la fe actúa, el alma comienza su vuelo, pero una fe egoísta no lle va a la luz porque no hay peregrinos solitarios en el camino a la luz, los hombres alcanzan las alturas cuando ayudan a sus hermanos a alcanzarlas porque nadie llega solo, la verdad es demasiado grande para un solo hombre. 

El caballo que conduce a la vida del espíritu es el amor, el amor puro y desinteresado. El amor universal es hijo de la sabiduría y de la voluntad divina, Dios lo mandó a la Tierra como hombre para que los hombres lo conozcan. Ese amor universal es Jesús, y el más grande misterio de todos los tiempos es que habite en nuestro corazón. Eso lo sentimos cuando vencemos al miedo, las pasiones y los deseos, entonces somos uno con Dios. 

Para la ley humana yo nací hace cincuenta y siete años, pero para Dios, es decir para la vida, hace cuarenta, cuando el viejo Simón, que era pobre por elección, no por accidente ni por indolencia, es decir un señor pobre, me leyó el Sermón de la Montaña en las afueras de Mar de Ajó. 

De allí en más me transformé en un hombre libre (como debe ser), es decir que mi vida se transformó en una fiesta que viví, y vivo, en todo el mundo, desde la austeridad del frío patagónico a la lujuria del Caribe, desde la lúcida locura de Manhattan al misterio que enriquece a la India donde la Madre Teresa sabe que debemos dar hasta que duela. (Fin)

1 comentario:

  1. Si yo doy hasta que me duela algo del cuerpo, de la vida, y me perjudica, eso quiere decir que también seré exigente con los demás para que hagan lo mismo. Y, ¿eso no es generarles dolor, desorden en sus vidas, que va a proseguir como una contaminación, una epidemia, afectando a los demás?

    ResponderEliminar